Texto atracones

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07 noviembre 2016

Marchando una de fracasos, éxitos y Breaking news...

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En un mundo paralelo, Meritxell estaría exultante frente al ordenador escribiendo este post, hoy lunes 7 de noviembre de 2016 por la noche al volver del trabajo, henchida de orgullo, con una sonrisa de oreja a oreja y con una sensación de profunda felicidad por lo conseguido, deseando contaros todos los detalles de su logro.

En la realidad... estoy frente al ordenador escribiendo este post desde mi casa, hoy lunes 7 de noviembre de 2016 a las cuatro de la tarde (cuando debería estar en el trabajo) envuelta en una bata rosa y hasta arriba de antibióticos para controlarme las anginas y la gripe que me tienen en cama desde hace tres días... y que me han impedido alcanzar aquello por lo que había luchado.

Parece un fracaso... pero todo depende del cristal con el que se mire. Para mí, no lo es. Y no es resignación sino la visión clara de la realidad. De mi realidad.

En mi anterior post os dejé un poco colgados (cual jamón) con un temita que me había inspirado el programa The Biggest Loser. Si lo leísteis ya sabréis lo especial que fue este programa para mí en mi recuperación del trastorno por atracón y una cosa que siempre me llamaba la atención era cómo ponían a correr a los concursantes desde el día 1. Os podéis imaginar que la mayoría sufrían lo indecible cuando corrían con su obesidad mórbida a cuestas. Pocos meses después ya estaban corriendo maratones, triathlones...

Es algo que ya me llamaba la atención en su momento y a raíz de verme la temporada completa nº 15 para escribir el anterior post se me encendió la bombilla: “¿y no podría correr yo también?”. Cuando pesaba 125 kilos no habría tenido huevos de prestar atención a esa idea aunque se me pasara por la cabeza pero... ¿ahora? ¿y por qué no?

Dejadme contaros algo sobre mí. Nunca he tenido vocación de nada pero en el periodismo, mi profesión, descubrí mi mayor afinidad. ¿Sabéis lo que se dice de muchos periodistas en la carrera? Que sabemos un poco de mucho y un mucho de nada. ¡Y a mí eso me encanta! Yo no quiero ser especialista en nada, quiero probarlo todo y luego decidir. Quiero PODER probarlo todo y luego decidir.

Y los atracones, así como la obesidad mórbida, no me dejaban probar muchas cosas: ¿sabéis que hay un límite de peso para subir a según qué caballos (obvio) o para subirse en atracciones de un parque, o para tirarse en paracaídas? Eso a mí me mataba, porque mis 125 kilos de peso me quitaban el poder de decidir si yo quería hacer las cosas o no. No podía, punto.

Una vez empecé a recuperarme del trastorno por atracón y a perder peso empecé a PODER hacer muchas cosas que antes no podía, así que recuperé mi libertad de decisión. Y, en mi línea, probé muchísimas cosas simplemente por el placer de experimentar: me apunté a esgrima (descubrí que soy una patata con el florete ese) porque ya me valía el traje, me subí a atracciones a las que antes no podía, subí a montañas haciendo senderismo a las que antes no podía porque el cuerpo no me aguantaba, hice parasailing, me tiré en tirolina.... Y no por probar todo eso me he convertido en esgrimista profesional ni en montañera. Así que, ¿por qué no probar a correr? Sólo porque ahora ya puedo. Y luego ya decidiré si me gusta o sino.

Esta idea se me ocurrió a finales de agosto, principios de septiembre. Total, que con la idea en mente pensé: “hombre, correr por correr, pues no... pero si tuviera un objetivo...” Y justamente vi por Internet que el domingo 6 de noviembre (ayer) se celebraba en Barcelona la carrera de la Dona, la carrera de la Mujer. Mi mente planificadora y analítica al máximo pensó:

     - Quedan dos meses y una semana para prepararme.
     - Son casi 8 km, tampoco hablamos de 20, parece factible.
     - Regalan una camiseta rosa con el dorsal. Esto es una fucking señal del destino, con lo que me gusta a mí el color rosa (estimado lector, mire alrededor de las letras de este blog y verá que es cierta mi predilección por ese tono)
     - Es la carrera de la Dona y yo soy feminista. Vale, es significativo, ¿no? Luego me enteré que hace una semana fue la carrera de bomberos en Barcelona, ¡ayyy qué tonta fui! No soy bombera pero ¿y lo que habría disfrutado yo ahí si hubiera ido? Aishhh...

(Aviso: como buena seriéfila, pido mil disculpas por el pedazo spoiler que os he hecho nada más empezar este post. Sé lo que fastidian pero... yo soy la guionista, sorry. Ya sabéis cómo acaba este tema...)

Pues venga, listo, con la fecha del 6 de noviembre en mente, primer objetivo: conocer mi estado de forma física. Uno de los días que fui al gimnasio, calenté un poquito... me fui directa a la cinta de correr, me subí, escogí una velocidad razonable y empecé a correr...

¡450 metros! ¡ 450 puuuutos metros! Eso es lo que aguanté corriendo, antes de creer que había llegado mi momento y de que no llegaba a cumplir los 37 años. ¡Casi me muero allí mismo! Era deprimente verme cuando paré de correr: no respiraba, jadeaba como un jabalí, sudando lo que no he sudado en mi vida, casi doblada del esfuerzo, con los ojos abiertos al máximo del esfuerzo a punto de saltarse las lentillas a la pantalla de la cinta de correr... un “chou” así tal cual. Y directa para el arrastre.

Claro, 36 años sin correr... ¡es lo que hay! Plan B.

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En el post de junio os hablé de que había contratado a un entrenador personal, aunque creo que omití deciros algo... que el tío está buenísimo. Pero mucho, os lo prometo. Es un pipiolo de menos de 30 años con un cuerpazo y una carita de niño picarón que me pone cardíaca. Uff, ya me he liado yo sola cuando en verdad sólo quería decir que le consulté a mi entrenador-buenorro (bautizado así con mis amigas) que cómo veía él el tema, porque él sí que es runner. El tío, encantadísimo de ayudarme a prepararme en algo que a él le apasiona, me ha estado echando una mano (Mmmm...¡ojalá me hubiera echado las dos!) durante estos dos meses. Yo creo que él lo ha hecho porque, si yo la palmaba, él se quedaba sin clienta, pero bueno...

Dos semanas y pico después de mis súper 450 metros emulando a una gacela, aquí la menda (¡yo!) ya corría con más o menos soltura 2.7 km en dos-tres bloques: 1km + 1,1 km + 600 m ó 2,1 km + 600 m. ¡El mundo a mis pies! Llegaba de sobra a prepararme para el 6 de noviembre. Iba súper motivada al gimnasio, veía mis avances, estaba convencida de que lo iba a conseguir.

Y de repente en octubre, a un mes de la carrera, la cosa no tira. Pasa que no puedo correr ni 600 metros sin sacar el higadillo en pleno gimnasio. La cosa no mejora, ni descansando, ni forzando, ni aguantando por orgullo, ni motivándome ni nada de nada... porque lo que me ocurre es algo fisiológico.

Y es que señoras y señores.... ¡no pido, exijo redoble de tambores para esta pedazo noticia que os voy a dar! En septiembre empecé a cumplir, cumplí (y aún sigo cumpliendo) con uno de mis propósitos de este año 2016: ¡dejé de fumar! Oeeeeeeee se escucha a la multitud rugir acallando los aplausos enloquecidos, los gritos ensordecedores coreando mi nombre … (me pierdo, lo sé...).

Y esto tan fantástico que según mis cálculos era así: dejo de fumar + paso unos días de adaptación física + gano resistencia al correr + tengo los pulmones a tope se ha convertido en... Dejo de fumar + pillo gripes, constipados y todo lo que vea durante varios meses y luego si eso ya la cosa empieza a mejorar. Soy de letras, no de ciencias.

Sin estrenar. Hasta me imprimí el nombre
cuando la fui a buscar

Mi primera renuncia fue “bueno, si no puedo correr 8 km, corro 4 km”; una semana después fue “bueno, voy alternando corriendo y andando”; la semana pasada en plena bronquitis fue “bueno, aunque no pueda correr porque me ahogo, hago íntegra la carrera andando” y finalmente este viernes pasado... Anginas, gripe, en la cama, con baja médica y a 39 grados de fiebre “No voy a la carrera porque no puedo ni coger el ascensor de mi casa sin caerme, y arrastrarme como una lagartijilla no es una opción”.

Que me dice el entrenador-buenorro que él también había sido fumador y que el cuerpo necesita adaptarse a la nueva vida sin tabaco y se tarda unos meses. Que le digo yo al entrenador-buenorro que si no me lo podía haber dicho antes “pedazo de...”...

Así que...

- ¿Dónde está mi fracaso? ¿En no haber corrido la Carrera de la Dona? Pues vale...

- ¿Dónde están mis éxitos? En haberme entrenado durante dos meses para correr la carrera, en haber quintuplicado mi distancia inicial, en haber ganado resistencia, en afianzar la seguridad en mis capacidades, en haber luchado hasta el último día, en haber sido flexible, en no haberme rendido, en haber dejado de fumar (¡Por Dios, sólo por esto quiero mi pin de premio!).

Sería tonta, además de cegata (que sí, que soy miope) en definir esto como resignación.

Y otra cosa os digo... en cuanto mis pulmones se recuperen de forma definitiva en poco tiempo haré una carrera completa corriendo y aunque esta vez no haya podido ser, será entonces mi primera vez. Y el año que viene... no sé si seguiré corriendo de forma habitual pero sí os aseguro que en la carrera de Bomberos sí que estaré cruzando la línea de meta a todo trote y bien rodeada...


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Y llegan las Breaking News que no tienen nada que ver con el tema de este post... pero que, haciendo analogía, las cosas no son lo que parecen. Lo de antes parecía un fracaso y os he demostrado que en verdad fue mi éxito.

Lo de ahora... parece una mala noticia pero en verdad es muy buena. Las despedidas siempre son buenas porque pueden verse como un fin o como un inicio de otras etapas. Esto es como una relación de pareja... llega un momento en el que hay que tomar una decisión: o seguimos para adelante, nos casamos y avanzamos... o se termina.

¿Me implico de verdad con el tema de los trastornos alimenticios? ¿Ofrezco ayuda no sólo en mi blog sino a través de otras vías como me habéis propuesto muchas veces? ¿Me formo para ofrecer no sólo ayuda vivencial sino profesional en este tema? ¿Sigo buscando formas de ayudar a las personas que padecen un trastorno alimenticio o.......? O..... Ahí está el quid. En el O. ¿O me dedico a vivir la vida que he luchado por recuperar y que ya tengo? ¿O aparto definitivamente este trastorno alimenticio de mi vida después de haberle dedicado tantísimos años: primero en sufrirlo, luego en recuperarme y los últimos años en hablar de él y de la recuperación en este blog? Os podéis imaginar la respuesta... Tengo tantas cosas por hacer en mi vida, por vivir, por experimentar, por descubrir, por fracasar, por aprender... y ninguna de esas cosas está relacionada con la comida. Por eso luché, por apartarla de mi vida. Ahora, me toca ser consecuente y apartar este blog también de mi vida. Con amor, pero apartarlo.

Ya me habéis conocido en estos dos años y sí, soy un poquito Drama Queen, así que es obvio que no me iba a despedir de vosotros a la francesa, sino con cariño, con calma... y con tiempo. Con tanto tiempo que aún me quedan dos meses.

El 1 de enero del 2017 empezará para mí habiendo dado por finalizada mi etapa en este blog, me habré despedido antes de todos vosotros y ni siquiera empezaré el nuevo año (ni acabaré el anterior) en España sino que estaré de vacaciones en otro país... y en otro continente. En mi destino soñado, por fin. Pero eso ya os lo contaré más adelante...

28 octubre 2016

“Quiero vivir, no sobrevivir”, Tumi. TBL 15. Mi opinión sobre el TV show americano The Biggest Loser

¿Por qué este post? Por esto:

Hace dos años mucha gente se llevaba las manos a la cabeza por la pérdida de peso de la concursante Rachel Frederickson ocurrida en la temporada 15 del programa/reality americano The Biggest Loser. Rachel pesaba 118 kilos y perdió 70 kilos quedándose en 47 kilos y medio. En su momento no le di mayor importancia al bombo que le estaban dando al temita con el peso de la ganadora del concurso ese año, pero los meses pasaban y seguían erre que erre: medios españoles, medios estadounidenses, blogs, noticias on line… Todo el mundo tenía una opinión al respecto y el 100% de lo que leí eran críticas negativas: que si la ganadora Rachel había desarrollado un trastorno alimenticio, que si esa pérdida de peso no era sana, que dónde estaban los límites de los programas de televisión, que si se cuestiona la ética de los medios audiovisuales, que si se habían utilizado drogas en la pérdida de peso, que si estos programas eran inútiles…

Llegó un momento en el que, en todos los medios que visitaba, me encontraba casi cada semana noticias referidas a esta chica, así que una vez la podía obviar, pero diez… El nombre ya se me quedó en la cabeza y ya suponía que cuando yo empezara a ver esa temporada del programa ya me habrían hecho un spoiler brutal y ya sabría quién era la ganadora por toda la repercusión mediática que había tenido. Porque sí, yo veo el programa The Biggest Loser. Es más, por eso os estoy presentando este post: seguramente yo tengo mucho más derecho a opinar al respecto que el 99% de la mayoría de gente que lo ha hecho. Y aquí van mis argumentos:

- The Biggest loser es un TV show Americano que lleva 17 ediciones. Bien… a estas alturas de mi vida me he visto ya 12 temporadas enteras. ¡12 señoras y señores! Y en mi edad adulta. No es que lo empezara a ver desde pequeñita y ya no me acuerde de las primeras sino que tengo todos los programas descargados en mi ordenador (mmm… creo que la descarga ilegal es un delito, pero no cambiemos de tema) y hace sólo unos 4 años que he empezado a verlo. En estos 4 años me he visto las 12 temporadas enteritas y no he visto más porque estoy “reservando” las otras temporadas (os cuento luego el porqué). ¿Alguien en España está en una situación parecida? Porque si lo está, me encaaaaantaría debatir con conocimiento de causa cada vez que he visto un artículo en castellano (de España) criticando este programa.
* Hago hincapié en España, porque en América latina, al estar en el mismo continente, les es más fácil ver la televisión estadounidense.

- Soy periodista. Y esto me califica, entre otras cosas, por encima de todas las opiniones no-rigurosas de pseudo-blogs que van a la crítica fácil y al sensacionalismo, sin un análisis concienzudo. Es más, he trabajado en el medio audiovisual así que puedo opinar sobre este programa no sólo como espectadora sino con una mirada más crítica.

- He tenido obesidad mórbida: 125 kilos de peso midiendo 1.62cm. De mujeres, yo estaría en la media, e incluso por encima de algunas participantes de este programa. La obesidad mórbida es muy habitual en USA, pero no en España, así que disculpa pero tener que leer a una persona con normopeso, sobrepeso e incluso una obesidad tipo I criticando este programa me enerva. Que opinen si quieren, pero ¿criticar? ¡Ja! Yo puedo tener mucha empatía con un calvo, pero ni se me ocurriría criticar lo que él está sintiendo porque por mucho que lo entienda yo no estoy en su situación. Es él quien lo vive, no yo. Entonces, leer a alguien cuestionando sobre la salud y/o cuestiones estéticas de una persona con obesidad mórbida sin saber lo que implica… me exaspera. Y mucho. ¿Que todo el mundo puede opinar? Por supuesto, pero luego que no llore si alguien con más conocimiento le rebate sus críticas infundadas.

- No sólo soy seguidora del programa sino que voy más allá: sigo, he seguido o seguía en redes sociales a varios concursantes (con los que me he podido identificar más) y a los más de tres entrenadores que ha habido (han ido cambiando), así que más o menos voy siguiendo sus opiniones al respecto, sus vidas, sus fotos… desde hace más de 10 años. Sus vidas desde hace 10 años, no mi seguimiento. Y no sólo eso sino que sigo, con más o menos afición, otros programas similares de pérdida de peso de la televisión americana. No soy pro-yanki ni nada de eso, pero bueno, allí la obesidad es una epidemia y la tele refleja esa realidad. Y me he sentido más identificada con esa realidad que con la que tenía a mi alrededor.

Con todo esto dicho… aunque intuyo que ya lo suponéis, yo estoy a favor del TV show The Biggest Loser. De hecho, ha formado, forma y formará parte de mi vida para siempre. Es algo muy especial. Así que sí, tengo que defenderlo.

En última instancia, para los que hayáis podido escuchar cosas sobre este programa os diría que le deis una oportunidad y miradlo con una mente abierta y crítica pero no condicionada por los comentarios que hayáis podido escuchar.

El caso es que hace un mes más o menos me volví a encontrar ooootra vez con noticias sobre Rachel Frederickson (creo que era en la revista People), así que pensé: “mira tú, ya me han hecho muchísimos spoilers de la ganadora de la temporada 15, así que voy a vérmela”. Hasta entonces había visto 11 temporadas seguiditas, así que salté directamente a la 15, para ver realmente a qué venía tanto escándalo. Hacía ya como unos 9-10 meses que no veía ningún episodio y volví a verlo en esa temporada.

Y lo cierto es que esta temporada 15 ha sido paradigmática de toda la trayectoria del programa y os voy a hablar de ella. Para mí, sin lugar a dudas, ha sido la más especial. Así que si alguien no la ha visto y piensa hacerlo, mejor que deje de leer, porque voy a destripar toda la temporada. Os aseguro que vale la pena.

                          

Empecemos por lo básico, ¿Qué es The Biggest Loser? Es un reality de la tv norteamericana NBC que se estrenó en el año 2004. Los concursante son personas con, como mínimo, obesidad severa cuyo objetivo es perder el mayor peso que puedan para ganar un premio en metálico de 250.000 dólares (por eso el nombre del programa). Las herramientas para lograr esa pérdida de peso son alimentación adecuada, conciencia sobre lo que impulsa a cada uno a comer desaforadamente y muchas horas de ejercicio diarias aislados en una especie de rancho, donde se desarrolla el programa. Según la temporada, se compite de forma individual o con pareja (familiares, amigos, desconocidos, compañeros…) aunque inicialmente siempre suelen formarse equipos.

Creo que no es necesario dar más detalles. Eso es lo básico.

Vayamos a lo importante que quiero contaros en este post.


ASPECTOS NEGATIVOS de The Biggest Loser:

- Es un reality y es TV o sea que el show es lo que prima. Se busca (y se nota, ¡se nota mucho!) conmover al espectador. Imágenes, secuencias, avances, música, forma de contar las historias… se busca revolver por dentro a la persona que está tras la pantalla. Todo, absolutamente todo, se magnifica. Si alguien vomita, llora, se deprime o se frustra (esto pasa cada capítulo) lo repiten hasta la saciedad, hacen hincapié y lo destacan. Pero, ¡cuidado! es equitativo. Cuando las lágrimas son de felicidad, cuando luchan, cuando consiguen sus metas (no tienen por qué ser de perder peso) también se magnifica con la música, las imágenes, los diferentes planos de alegría, el contexto…



- El peso. En USA pesan en libras, en España en kilos. Al principio, calculaba mentalmente pero
ahora ya me he acostumbrado a ver el programa con las hojitas delante y calcular pesos intermedios. Es un mal menor.

- La gran cantidad de peso perdido en poco tiempo. Hablamos de 30-40-50-60 kilos o más en 4-5-6-7 meses máximo… ¿Es saludable? Los médicos dicen que no. Yo no voy a juzgar eso porque no soy médico, el programa sí está tutelado y seguido por médicos y además sólo saben si es saludable o no los concursantes cuando acaban el programa y con analíticas en la mano. Pero sí diré que la pérdida de peso no es por arte de magia, es una consecuencia lógica de la alimentación saludable que llevan allí y 4 – 5 horas de ejercicio o más diarias con entrenadores personales forzando al máximo la maquinaria.


- Los gritos. Todos los entrenadores gritan a los concursantes, que será como forma de motivación al hacer ejercicio y todo lo que tú quieras, pero sí gritan. Y les azuzan y les meten el dedo en la llaga de sus debilidades para que se esfuercen más…

- Los juegos de inmunidad y recompensa en cada capítulo, a mí personalmente me cansan, pero bueno es un TV show. Un espectáculo y eso le da vidilla a los capítulos.

- El patriotismo. A mí es que me chirría un poco el… no sé cómo llamarlo… amor a los EEUU que sienten los que allí viven. Es un sentimiento de “orgulloso de ser de este país” que está bastante presente.

- El objetivo es perder el mayor peso posible en los meses que dura el programa. Y es muy frustrante ver que cada persona es un mundo y algunos tienen de por sí un metabolismo más lento que otros. Por lógica, un hombre que pesa más de 300 kilos tendría que perder peso más rápido que otro que pese unos 150 kilos. Y justamente en esta temporada era muy frustrante (para él más, seguro) ver este caso en uno de los participantes.

- La mayoría de sus comidas no son extrapolables a nuestra forma de vida mediterránea, así que olvidaos de que os dé ideas. Alguna da, pero muy pocas. De hecho, algo que yo considero negativo si lo comparo con mi aprendizaje es que sus comidas son estrictas al límite. Por ejemplo… frente a la idea de un pastel. Lo que enseñan en este programa es a cocinarlo con productos bajos en calorías pero con el mismo sabor y a no pasarse; a mí me enseñaron que podía comerme un trozo de pastel calórico disfrutándolo y sin repetir. Y así con el resto… fritos, rebozados, fast food. Yo puedo comer de todo, a ellos les enseñan que no, que mejor lo cocinen todo de forma sana pero sabrosa.


¿Vamos a TODO LO BUENO Y POSITIVO que aporta este programa?

- Lo principal y más importante: da visibilidad a una realidad. Y esa realidad es una persona con obesidad severa o mórbida y todo el mundo interno emocional que eso conlleva. Lo siento en el alma, pero una persona (me da igual española o americana) que no haya llegado hasta ese extremo no es capaz de entender lo que se siente y lo que se piensa. Y este programa no sólo lo hace visible de una forma directa sino que busca una solución a un problema. La obesidad mórbida existe, más en unos países que en otros, pero existe y los que la padecen tienen los mismos derechos que cualquier otra persona.

- Relacionado con la visibilidad, este programa señala (y sí engrandece, pero magnificar no es inventar, eso existe) todos los problemas físicos que supone la obesidad mórbida. Y no me refiero sólo a las patologías médicas y a cifras sino a las de la vida diaria: no poder subir escaleras, no poder atarse los cordones de las zapatillas, renunciar prácticamente a la vida sexual, movilidad muy limitada casi nula, problemas de respiración, problemas de piel, disminución de la calidad de vida… Así, sin paños calientes. Cuando ves todo eso en la pantalla de TV y tienes obesidad mórbida se mezcla la rabia, con el miedo, la vergüenza y las lágrimas, además de con la identificación. Cuando no tienes obesidad mórbida puedes sentir pena, comprensión e incluso empatía. Lo que no se puede es esgrimir que eso no es la realidad y que el programa de TV hace un show de eso. Eso es la realidad de algunas personas, guste o no.


Frase motivadora en la pared: "el pasado no define
tu presente". ¡Ole!
Otro ejemplo: haciendo ejercicio les fuerzan al máximo. Y muchos participantes los primeros días acaban vomitando. Y mucho. Forzarles es parte del programa, las ganas de vomitar son reales. Os puedo asegurar que con 100 kilos y haciendo zumba, no había clase que yo no me mareara y tuviera náuseas. ¿La diferencia? Yo paraba, ellos no. Nadie se muere de eso y forma parte del “espectáculo” del programa. Es una minucia, realmente, no es tan importante. Y a lo mejor, con suerte, incluso sirve para concienciar.

- Todo el mundo se puede sentir identificado con este programa y con las vidas de los participantes. Hay situaciones muy duras: El hombre al que se le murió su mujer y tuvo que sacar adelante solo a sus dos hijas y sólo encontraba refugio en la comida / una hija de padres alcohólicos / la muerte de un padre todavía no superada / la madre obesa con una niña con sobrepeso que se cuestiona su labor como madre… todos ellos han recurrido a la comida para gestionar su dolor. Pero también hay situaciones menos dramáticas e impactantes aunque igual de dolorosas: la mujer que tiene tanto sobrepeso que no puede jugar con sus hijos a causa de su poca movilidad y tiene miedo de volver a intimar con su marido y que la vea desnuda / la chica jovencita que no consiguió superar una mala ruptura con su chico (¡esta era Rachel!) y alcanzó los 117 kilos de peso. Siempre hay un motivo.

Ahora, echad cuentas, más de 10 años conociendo a decenas de participantes cada uno con su historia llena de dolor: niños, adultos, hombres, mujeres, tercera edad, todas las edades, todos los perfiles socio-económicos, diferentes personalidades… Eso no es ficción, eso es la vida real. Es SU vida. Son muchas más de 100 personas. ¿En serio alguien puede cuestionar eso tan a la ligera?

Una de las frases más impactantes que escuché esta temporada 15: “No quería tener hijos, porque sabía que por mi peso moriría pronto”. Se me sigue encogiendo el corazón al recordarla…

- Otra de las cosas positivas de este programa es la INMENSA inspiración que provoca en sus espectadores. En Internet se encuentran fácilmente personas que a raíz de ver el programa han encontrado la fuerza para perder peso. De hecho, a partir de los primeros años, hasta en el mismo programa se les empieza a dar notoriedad de vez en cuando. A eso súmale la plataforma on line del programa TBL Club: miles de personas de todo el país se apoyan mutuamente para adoptar nuevos hábitos de vida saludables. Y súmale también los centros (en plan spa) donde las personas pueden acudir a recibir tratamiento. Más los libros, videos, DVD’s… ¿Negocio? Sí. ¿Efectivo? Para quien quiera. Sólo por todas las personas (miles) a las que han ayudado, ¿no vale la pena todo esto? Porque en España, ni oler de lejos una situación similar.

- En el programa se ve absolutamente todo el esfuerzo, el sudor, las lágrimas, las dudas, los cabreos, los momentos de rebelarse, la rabia, la mala ostia, la decepción, la depresión, la angustia, la sensación de fracaso cuando una semana no se adelgaza… presentes semana tras semana y día tras día. Señoras y señores eso es superar un trastorno por atracón y comer de forma sana y hacer ejercicio. No es un camino de rosas. Implica lucha y esfuerzo. Toooodo eso no se ve en las típicas fotos de Antes Vs Después o en los cambios espectaculares de peso que tanto nos gustan. Toooodo esa progresión, no siempre lineal, se ve en The Biggest Loser.

- En este programa no se permite la actitud de víctima que identifica a muchos de los que sufren trastorno por atracón. Cuando esa actitud aparece, se la señala y se lucha contra ella.

El médico por allí al fondo controlando el entrenameinto
- Más cosas positivas: están todos los participantes controlados por médicos, nutricionistas y psicólogos. Porque ellos lo dicen y porque se ve. Y lo mejor de todo (esto me encanta) es cuando te están mostrando algo en primer plano y al fondo “se ve algo”. Me encantan esos momentos porque son los más naturales y no-guionizados, descubro muchos de ellos: los médicos controlando a alguien subido a una bicicleta elíptica, a unos desayunando tranquilamente o comiendo un tentempié al fondo de la imagen, otro frotándose la barriga y suspirando después de un esfuerzo, otro abriendo la nevera y cogiendo comida sana, uno que sale de plano y vuelve más al fondo con una bolsa de zanahorias…

- Hay que tener claro que este programa no es la vida real, es como estar en rehabilitación: un entorno aislado que te prepara para la vida diaria. Punto, no hay más. O sea que vale ya de frasecitas como “lo que ocurre en el programa no es real y luego no se puede mantener”. Lo que le ocurre a un drogadicto es lo mismo: aprende unas conductas en rehabilitación que luego incorpora en su día a día. Pues esto es idéntico, ¿dónde está el problema? ¿para qué tanta queja? En la vida diaria, la lucha es otra. El drogadicto da pena si recae, y a los concursantes se les destroza y se les critica si vuelven a ganar peso. Bonito doble rasero… No se trata de repetir la vida de rehabilitación, sino de integrarla en la vida diaria: integrar alimentación saludable y ejercicio en el día a día.

- Quitando el ejercicio y la comida… es súper bonito ver determinadas escenas que muchos hemos vivido: se despierta la ternura cuando ves las lágrimas de alguna chica a la que le caben los pantalones de una talla menos que hace años que no se ponía, o cuando cambian de decena de peso y recuerdan la última vez que se encontraron en ese punto.

- Y, por último… también positivo es que los participantes salen ganando en salud. Y eso es demostrable. Los participantes salen con unas analíticas con resultados mil veces mejores que las que tenían cuando entraron. Y salen con una forma física mil veces mejor que la que tenemos muchos. Que alguien me explique a mí, si este programa “hace las cosas mal” como se dice en muchos blogs cómo es posible que la inmensa mayoría de los participantes sean capaces al salir de allí de correr decenas de km, hacer maratones, triathlones, hacer rutinas de ejercicios mortales… Eso no lo hacen las personas enfermas. Ni tampoco lo hacen las personas delgadas que no están sanas y saludables.

¿Que alguno dice que tiene problemas de riñón por perder peso tan rápido? Puede ser. ¿Y hacer dietas durante años no te jode el riñón también? ¿No será que tenía predisposición? ¿La obesidad mórbida era garantía de salud? Otros dicen que se han lesionado durante el programa. Hay formas de no lesionarse: no hacer nunca ejercicio. Que no pretenda la gente que por llegar a un peso correcto, se les vayan todos los males, porque si han tenido obesidad es lo más normal del mundo que eso haya acarreado consecuencias que en algún momento salen. Y os aseguro que acaban saliendo.


El caso de Rachel Frederickson

Esto es lo mejor de todo. Que el 99% de los que han criticado su pérdida de peso, no han visto su historia ni su progresión. Desde el día 1 no me quedó más remedio que cogerle un cariño enorme a esta chica a través de la pantalla porque de muy joven había renunciado a su futuro (una beca deportiva en una Universidad) para seguir a su novio a Europa. Una vez aquí, la relación se terminó y volvió a su país sola, con el corazón roto, avergonzada de sí misma y sin futuro ni profesión, aislándose día tras día de amigos y familia y quedándose sentada en el sofá viendo la Tv.

Se refugió en la comida, como muchos de nosotros. Así que superar su adicción a la comida era su pasaporte para recuperar su vida. Estaba llena de ilusiones, de deseos, de ganas de hacer las cosas, de recuperar el tiempo perdido… ¿cómo no le iba a coger cariño si su lucha fue como la mía?


Cuando en su presentación dijo con voz entrecortada y
a punto de llorar "Quiero una segunda oportunidad para volver
a tener el control de mi vida y ser quien quiero ser"  me tocó el corazón.
Hasta tenía´mos muchas similitudes físicas Rachel y yo.
¿Cómo no sentirme identificada?

¿Sabéis por qué gano Rachel este programa? No fue sólo por la pérdida de peso (no fue la única que perdió más del 60% de su peso en esta edición) sino porque lo luchó todo el programa. Pareciera que de repente se quitaron las cámaras de en medio y ella empezó a hacer las cosas mal y dejar de comer. No. Desde el día 1, Rachel “luchó” por superar su problema: era la primera que se esforzaba al máximo, la que se abría a corazón abierto mostrando sus dudas e inseguridades, la que seguía todos los consejos de nutricionistas y entrenadores, la que tenía una fuerza de voluntad brutal, la que seguía creyendo y luchando cuando no avanzaba, la que ganaba pruebas con una tozudez sólo igualable a la de una mula…. Muchos de sus compañeros a mitad de programa ya decían que la veían como ganadora porque estaba súper enfocada a sus objetivos. Y todo esto no era casual. Ella había sido deportista profesional, o sea que la disciplina y la constancia no eran nuevas para ella.

Pero claro, es más fácil ver el Antes, el Después y hablar por hablar. Yo no sé si en la final del programa, Rachel tenía infrapeso (si le calculo el IMC consta como Delgadez sólo) o si se excedió haciendo ejercicio o si dejó de comer para ganar o si tomó algo para perder más peso, pero hay cosas que sí sé:

   - Su trabajo y lucha en el programa están ahí, nadie se lo puede quitar.
   - En la actualidad ha recuperado su vida, pero NO su peso inicial.
   - Ella mismo reconoció que la destrozaba anímicamente que todo el mundo estuviera opinando sobre su peso, ¿qué derecho tiene la gente a hundir a alguien así?
   - Hacía las cosas bien. En un episodio se fueron todos los participantes de viaje y ella fue la única que llevaba su comida preparada en tuppers y planificada para esos días. El resto improvisó y... obviamente comió mal. Ella no. Esa es la base.
   - También sé que es patosa… esto viene a que incluso leí a un bloguero que decía que en la final se la veía “mareada” de tan delgada que estaba. ¡Los cojones! Lo que pasó es que se tropezó con la escalera, no hay más. No fue ni la primera ni la última en chanclas que se tropezó porque iba mirando a otro lado y riéndose DE IDÉNTICA MANERA que llevaba riéndose en plan despistada y mirando para todos lados los tres meses anteriores y que se veían en el programa. Es más, o sea… se marea en plano pero iba perfecta paseándose por el plató y sonriendo con sus taconazos de 15 cm ¿no?, ¡venga hombre!

Y ahora… respecto a mí…

Yo siempre había sido muy fan de los programas de televisión basados en cambios físicos espectaculares, ya fueran físicos o con maquillaje, vestuario… O sea los típicos del Antes y el después y soñaba con que eso me pasara a mí. En su momento no entendía que eso no es real. En medio hay una lucha muy dura, hay dudas, miedos, hay progresiones, recaídas… y todo eso se plasma en The Biggest Loser.

De Tumi son las palabras que titulan este post:
"Quiero vivir, no sobrevivir"
La primera vez que vi un episodio de este programa se me saltaron las lágrimas sin que pudiera
controlarlas, lágrimas que venían de muy adentro y que me quemaban el alma porque estaba viendo frente a mí alguien que sabía cómo me sentía, que estaba pasando por lo mismo que yo, que le ponía palabras a sentimientos y emociones que yo ni me atrevía a reconocer que estaban dentro de mí y me estaban destrozando por dentro, que sentía rechazo por ella misma y que sentía rechazo de la gente. Me quedé como hipnotizada mirando la pantalla… y así me enganché a este programa.

Durante todo mi tratamiento por el trastorno por atracón veía muchas veces el programa. A veces varios episodios al día, cuando me sentía peor, decaída o con ganas de tirar la toalla; a veces pasaban semanas entre un capítulo y otro, cuando me sentía con fuerza para seguir luchando sola. Y es que pasaba algo muy curioso (¡y sigue pasando!) no puedo comer mientras estoy viendo el programa, o sea que cero atracones, aunque tenga ganas. El comer es como ”ensuciar” lo que estoy viendo, es como echar por tierra un esfuerzo que estoy viendo en la tele y que debe ser el mío.

The Biggest Loser simbolizó para mí algo tan simple como “no estás sola”. Y eso… eso vale oro. Lo sabéis muchas personas. Me identificaba con sus cuerpos y mentes y me sigo identificado con sus “cuerpos restaurados” y con sus mentes. Aún de vez en cuando me pongo a ver alguna temporada que no he visto, simplemente por placer y porque ver esa lucha de esas personas es maravilloso.

No os podéis ni imaginar la de cosas que me dejo en el tintero, hay tantas cosas por debatir, por discutir, por mostrar, por revelar (participantes que han engañado, trucos, quejas inconsistentes de ex participantes que se pueden rebatir fácilmente, el tema de la flacidez… decenas de cosas) pero en algún momento hay que cortar este post.

Era necesario por mi parte aportar mi visión a tanta crítica que ha recibido este programa. Puede haber opiniones, puede haber críticas de hechos reales, pero criticar y vapulear algo sin conocerlo (lo primero) y sin reflexionar (lo segundo) es algo que me saca de mis casillas.

Este programa no te cambia la vida, no te va a dar una patada en el culo para que te levantes del sofá y vayas al gimnasio, no te va a quitar la bolsa de patatas fritas de la mano, no te va a obligar a que cambies si no quieres… pero para las personas que hemos tenido obesidad mórbida este programa ha sido un espejo, un espejo brutal que nos ha enseñado incluso cosas que no queríamos ver o reconocer de nosotros mismos y que manteníamos en silencio como un secreto vergonzoso. Y, para mí, para mí ha sido un acompañamiento brutal en todo mi proceso. Ha sido una de mis herramientas.

Por eso, este post era necesario para mí. No sólo para quitarme de encima el calentón que me da cuando leo las burradas que leo sino también para dejar constancia de su importancia en mi vida a lo largo de los últimos años. Este programa está unido a mí…

     - Celebré cuando perdí 100 libras (45 kilos) al igual que lo celebraban ellos y lo disfruté más que cuando perdí 50 kilos.

     - Le escribí una carta a mi yo del futuro igual que los concursantes hicieron una vez.

    - Me despedí de mi yo del pasado con cariño.

     - Me levanté del sofá innumerables veces para ir al gimnasio después de ver uno de sus programas…

     - Lloré lo que no está escrito y viví con muchos concursantes sus triunfos y sus derrotas.

     - Probé (y aún sigo con ellas) algunas recetas que vi en este programa.

     - Me emocioné cuando mi entrenador personal en el gimnasio me ponía a hacer ejercicios que yo ya conocía por haberlos visto en el programa.

     - Y…. me ha motivado recientemente a hacer algo que pensé que nunca haría porque no podía y es…. ¡¡¡¡¡STOP!!!!!! Es algo tan especial que os lo contaré en mi siguiente post, de aquí a 10 días justos ;) …

09 septiembre 2016

Cada cosa a su (jodido) tiempo

Cuando tenía unos 11 años, un fin de semana se me ocurrió preparar un pastel. Cogí una receta de una revista de mi madre, le pedí a ella que me comprara todos los ingredientes y que me dejara en la cocina a solas toda una tarde, porque quería hacerlo sola. Mi madre me compró los ingredientes, buscó para tener a mano el teléfono de urgencias (no me lo dijo, pero seguro que lo hizo) y se aprovisionó de bayetas y jabón, en previsión de la que yo iba a liar en la cocina. Y sí, efectivamente, la lie y gorda, porque las salpicaduras llegaron hasta el techo.

Freepik
Pero a mí me había poseído el alma de Arguiñano (no sé si en aquellos años ya era conocido), ahí estaba yo haciendo masa, batiendo, usando cachivaches que no había visto en mi vida… y llegó el momento en que ya estaba todo listo y sólo hacía falta meter el molde con la masa en el horno. En la receta ponía algo así como “hornear 40 minutos a 200º”, así que como yo soy muy lista y ya lo era desde pequeña pensé “40 minutos a 200º… pues es lo mismo que 20 minutos a 400º, matemática básica”. Lo metí en el horno, giré la ruedecilla hasta los 400º… y me dispuse a esperar con la nariz pegada en la ventanilla (y con la luz interior encendida) a ver nacer mi retoño… Los minutos pasaban, aquello empezó a crecer, a coger colorcillo por fuera, a tostarse por fuera, a quemarse por fuera (¡ay que la he liado!, ¿abro la puerta del horno?)… hasta que explotó. Del susto me caí de culo frente al horno y ahí que llegó mi señora madre a ver qué había pasado porque había escuchado un ruido. Ruido de mi culo contra el suelo… no del pastel pringoso estamparse contra todo el horno.

Después de sus risas de rigor me intentó explicar que no era lo mismo 40 minutos a 200º que 20 minutos a 400º porque la masa necesitaba un tiempo propio y que la cocción era de dentro hacia a fuera. Yo la miraba con cara de cachorro: “te quiero pero no entiendo nada de lo que dices”. Os diré que aún sigo sin verlo claro… para mí era (y es) lo mismo. Tranquilos, no he vuelto a cocinar repostería.

En lo que sería una pauta habitual en mi vida de no conseguir las cosas a la primera ni a la segunda, meses después en el colegio nos hicieron hacer un experimento: hacer crecer una alubia envuelta en algodón y metida en un vaso de yogur. Quizás alguien lo recuerde, exeperimento typical EGB. Bien, pues yo planté mi alubia, miré al día siguiente y ahí no había crecido nada, miré al tercer día y ahí ya empezaba a asomar algo. Así que pensé… “si en tres días ha crecido sólo esto, seguro que hay una forma de acelerarlo y de aquí a una semana estará enorme”. Yo no sé si es que en ese momento me imaginaba que aparecería a la semana siguiente en el cole con un árbol o qué pero bueno…

Así que, ¿qué le podía poner a la alubia para que creciera más rápido? Pues lo mismo que mi madre le ponía a las alubias… Tomate, aceite, chorizo, jamón, zanahorias… ¡y agua mucha agua, porque las plantas hay que regarlas mucho para que crezcan antes! Para mi mente, si yo cocinaba todo eso, salía una comida. Si no lo cocinaba, salía una planta. Si la regaba poquito, crecía poquito. Si la regaba mucho, crecería en dos días. Resultado: RIP alubia.

Con el paso de los años, confieso que mis teorías no me parecen tan descabelladas, para mí son de sentido común pero oye… nadie me entiende. Así que he optado por no entender el porqué de algunas cosas pero aceptarlas. ¿Que cada cosa necesita su tiempo? Perfecto, yo les doy su tiempo pero… sigo sin comprender el porqué.

No es lo mismo 40 minutos a 200º que 20 minutos a 400º.
No es lo mismo perder 10 kilos en un año comiendo de forma sana que perder 10 kilos en 1 mes haciendo dieta.

¿A que ahora ya nos empezamos a entender...?

Mal que me pese, cada cosa necesita su tiempo. En algunos casos lo podremos acelerar un poquito y en otros no. En otras situaciones, nos vamos a tener que armar de kilos de paciencia y perseverancia para ver resultados, aunque eso nos desespere.

Cuando estuve en tratamiento…

     - Pensé: si sigo las pautas de alimentación y hago ejercicio y estoy perdiendo peso… si como menos y hago más ejercicio perderé más peso, me curaré ante. ¡Error! Me lo tuvieron que explicar: el cuerpo necesita alimentación adecuada para hacer ejercicio, están los efectos rebote, no le estoy enseñando a mi cuerpo a comer sano y saludable, ya tengo un trastorno alimenticio no hace falta otro, la comida no es el problema sino mi mente, el cuerpo se tiene que acostumbrar a una vida sana o se me joderá el metabolismo… y un larguísimo etcétera…

     - Yo tenía una lista de cosas que me producían miedo o ansiedad a hacer en esta vida y me habían hecho ordenar cada cosa de menor a mayor miedo. Así que pensé: puedo ir de una en una bajando por la lista hasta llegar a la más grave para mí o… puedo poner todo el esfuerzo en enfrentarme a la última de lista y así el resto será pan comido. ¡Error (otra vez)! Necesitaba pasar por cada una de esas situaciones para APRENDER: tenía que enfrentarme a mis miedos, luchar con el deseo de atracones ante cada situación de ansiedad, enfrentarme a cuando las cosas salieran bien, enfrentarme a cuando las cosas salieran mal, enfrentarme a cuando las cosas se cancelaran, enfrentarme a imprevistos… es decir, hablábamos de meses de aprendizaje, no de 24h en plan terapia de choque en una única situación.

Y como estos decenas de ejemplos de mi época en tratamiento y de mi vida diaria… CADA-COSA-NECESITA-SU-TIEMPO. Y algunas cosas necesitan años… esté yo de acuerdo o no.

Mi tiempo en tratamiento por el trastorno por atracón fue una semilla (grandota, pero semilla), mis visitas con psicólogas (fue otra semilla), mi predisposición a enfrentarme a las cosas (otra semilla), mis planificaciones (otra semilla), entonces, ¿por qué mis meses de agosto eran una puñetera mierda?
El año pasado os contaba como lo pasé aquí, y hace dos años en el 2014 fue durísimo aquí

¿Y este agosto 2016? Pues ha estado bien. La verdad es que ha estado muuuy bien. Y eyyy sólo ha tardado tres años en llegar… así que mirando hacia atrás, da exactamente igual todo lo que yo planificara años anteriores y me preparara, este tema en concreto NECESITABA SU TIEMPO para hornearse y, por fin, ha sonado el timbre del horno que me dice que el pastel está listo.

He estado súper tranquila este mes, he trabajado unas semanas y otras no. Y cuando no, he hecho lo que me apetecía y me lo he pasado muy bien: he dormido y descansado muchísimo, me he puesto al día de series, he ido al gimnasio, he salido a pasear, de compras (por fin tengo en casa un zapatero extra XXXXL para todos mis zapatos), he salido de fiesta porque me apetecía, no para llenar horas, he ido al cine, he leído libros, he ido a la playa y de excursión, me ha dado por hacer arteterapia… pero sobre todo lo más importante es que el agujero, ese vacío inmenso del que os hablaba, ha desaparecido. Y lo ha hecho justamente cuando a finales de julio decidí: “que sea lo que tenga que ser, no planifico nada para llenar horas y que el tiempo pase más rápido”.

Aún sin terminar, uno de mis pasatiempos veraniegos

Os diría que he tenido cero ansiedad, os diría que no he estado intranquila ni agobiada ni preocupada, pero lo cierto es que ha sido mucho más que eso. He estado súper relajada, he descansado, he disfrutado de estar sola en mi casa sin nada que hacer (algo que me aterraba hace nada, justo el año pasado), he estado todo el mes con una pachorra brutal. No hay vacío.

No lo he visto desaparecer, porque no sé cuándo ocurrió. Este año no hice nada para enfrentarme a él, simplemente supuse que estaría ahí como otros años, peor no podía ser, pero cuando miré… no estaba.

Cada cosa necesita su tiempo. Son ya más de tres años desde que me dieron el alta del centro donde me trataba por el trastorno por atracón y tres años después ha sucedido.
Ha pasado un año desde mi agosto pasado y en mi post de entonces os escribía esto: “el calor se va, ya estoy fuera de la tormenta emocional y de ansiedad del verano (…) ¿Qué si mi agosto ha sido malo? Pues sí, ¿pero igual o peor que otros años? Pues ni igual ni peor, un poquitirrinín mejor. Sí, ha habido mejoría". Han pasado más de 365 días y porque cada cosa necesita su tiempo… el de este año ha sido el agosto definitivo en el que todo ha cambiado.

Creedme, si pudiera deciros como acelerar las cosas lo haría. Bueno, acelerarlas ya os he demostrado que sé, pero que salgan bien no… Pero tengo que reconocer que mi madre tenía razón cuando me lo dijo hace más de 20 años, igual que mi profesora del colegio cuando le entregué mi “estofado de 1 alubia”: cada cosa necesita su tiempo.

Poned las semillas, preparad la masa. Traducido: si tenéis un problema, buscad ayuda profesional. Y luego… paciencia, que sea el ritmo que tenga que ser. Porque cada cosa necesita su tiempo.

23 junio 2016

"Yo no puedo"


Sólo tres palabras que pueden provocar miles de emociones. Y todas negativas.

Cada vez que decimos o nos decimos a nosotras mismas sin darnos cuenta “Yo no puedo” (un ángel pierde sus alas, que también…) nos estamos cargando en nuestra mochila multitud de sentimientos y emociones destructivas que luego atesoramos y nos negamos inconscientemente a soltar: decepción, frustración, autofustigación, fracaso, desilusión, desesperanza, culpabilidad…

¿Qué a ti estas palabras no te suenan? Pues una de dos: o te felicito porque estés por encima de ellas y las sepas gestionar, o… te estás engañando.

Pero si el “Yo no puedo” ya de por sí es demoledor, ni os cuento cuando empezamos a jugar con los tiempo verbales…

Estas tres fases-tipo explícitas han resonado en mi cabeza y han salido por mi boca durante mucho tiempo. Y no hace falta que estén juntitas, por separado también han campado a sus anchas por dónde querían, cuándo querían y todo el tiempo que querían.

Yo no puedo hacerlo
Yo nunca he podido hacerlo 
Yo jamás podré hacerlo

Y sé que no soy la única porque leo y oigo las mismas palabras cuando se refiere a la gestión de los trastornos por atracón: “Es que no puedo hacerlo”, “es que nunca he podido”… Y la última suele abundar sobre todo cuando hay un alto grado de desesperación y/o cansancio mental ¡y físico! después de estar varios años luchando: “es que ya veo que yo jamás podré”.

El problema de estas tres frasecitas no es sólo lo que dicen, sino todo lo que esconden. Llevan implícitos los siguientes mensajes que nuestro cerebro se acaba creyendo de tanto repetirlos:

No soy capaz / No tengo lo que se necesita / no soy lo suficientemente buena para conseguirlo / soy un fracaso / nunca consigo nada / siempre fallo… y un laaaaaaaaaaaaaaaargo etcétera de frases parecidas.

Por mi experiencia, sobre todo en el tema de atracones, en ocasiones me he encontrado con personas (amigos, familiares, mi entorno social…) y con algún que otro psicólogo / nutricionista / endocrino (por suerte pocos y dejé pronto de ir a ellos) que estaban más que dispuestos a hacerme cambiar de opinión (¡ja! ilusos) utilizando la técnica bautizada por mí como “diálogo besuguil de repetición”:

Yo: No puedo hacer esto
No-yo: Que sí que puedes, mujer.
Yo: No, que nunca he podido.
No-yo: es que eres tozuda
Yo: Que no, que no puedo
No-yo: que sí puedes
Yo: Que no puedo, lo sabré yo que me conozco
No-yo: que sí que puedes
Yo: Llevo años sin poder
No-yo: pero seguro que puedes, inténtalo
Yo: ¿y por qué crees que puedo?
No-yo: ……………..
Yo: ¿qué te hace pensar qué puedo? ¿me conoces tanto? (a la yugular directamente) hay personas con capacidades y otras que no, hay gente que puede y gente que no y yo no puedo.
No-yo: bueno… yo… creo… que… puedes…
Yo: ¿Por qué lo crees? Llevo años sin poder y en el presente aún no puedo… ¿me lo explicas? Dame argumentos convincentes aplicados a mi persona que realmente expliquen que yo sí que puedo y no me vendas frases de Paulo Coelho positivas y a-tope-full-de-energía-y-optimismo.
No-yo: bueno, vale, pues no puedes, cojones…

Ala, jaque mate.

Pero es que resulta que esta forma de pensar ¡y de ser! (soy Tauro con ascendente Leo por aquello de echarle la culpa a alguien de lo tozuda que soy) me dura poco. Y no es que yo lo diga, es que si echo la vista atrás me doy cuenta de que por tantas veces que he dicho “No puedo”, otras tantas he movido el culo para poder. ¡No al momento! Ni de coña… con algunas cosas he tardado poco y con otras más años. El ejemplo más claro: años y años de atracones con el “no puedo salir de esto” en mente peeeero todavía con la esperanza y por lo tanto buscando caminos: dietistas, nutricionistas, endocrinos, psicólogos, centros… hasta que llegué al final del camino y pude. En un mundo paralelo yo habría dicho “no puedo” y fin de la historia, asumo mi vida de esta manera de aquí en adelante hasta que llegue a la meta, el R.I.P.

Y ésta es una de las cosas de las que, os confieso, me siento verdaderamente orgullosa y es que agoto todas las posibilidades para PODER, incluso a veces forzando al límite o tirando de imaginación.

Así que mi propuesta en este post es deciros que… ¡¡¡SÍ PODÉIS!!!


Esperad…..

¿En serio os creéis que os voy a decir eso…? ¿No me conocéis ya un poquito? ¿No acabáis de leer el diálogo besuguil…? No me van las frases hechas de psicología a 2 € así que no os las voy a decir. A quien le funcionen adelante… San Google es un proveedor excelente e infinito para ello.

Mi propuesta en este post (ahora es la buena) es deciros que sustituyáis el “Yo no puedo” y sus conjugaciones gemelas por “No sé cómo hacerlo, así que busco la manera de saber hacerlo”. No impacta tanto como la otra eh… pero ¡sorpresa! es más real.

E igual de reales pero mucho más enriquecedoras mentalmente y positivas son las siguientes variantes:

No puedo hacerlo… aún
No puedo hacerlo es tajante. Punto y final. No puedo hacerlo aún está lleno de esperanza, es un punto y seguido. La historia continúa.

Nunca he podido… pero a lo mejor ahora puedo (o en el futuro)
Yo no voy a discutir si alguien no ha podido antes pero voy a discutir hasta la saciedad alguien que me diga que no podrá, porque eso es el futuro y aún no lo ha probado.

Yo no puedo… sola
Pues mira que bien porque en la misma frase has encontrado el problema y la solución.

Yo no he podido… hoy
Mañana será otro día… ¡cómo adoro a Scarlett O’Hara!

Yo no puedo… haciéndolo de esta manera
Pues blanco y en botella, si de esta manera no se puede, a buscar la manera en la que sí se pueda.

Yo no puedo… pero es que tampoco quiero.
¿Realmente queremos aquello por lo que luchamos?

Reconozco que éste último me ha pasado en ocasiones a mí.

Situación hace pocos meses: de senderismo por la montaña con amigos: algunos trepando al punto más alto donde había una ermita, otros se quedaban abajo a esperar. ¿Yo qué hice? Trepar hacia arriba con este pensamiento en mente “¿cómo que no puedo aunque pese más que ellos? Claro que puedo. Ya verás tú…” ¿Me apetecía? Luego reflexioné y reconocí que no. Hubiera preferido disfrutar del solecito abajo con otros, hasta que el resto bajara.


Sinceramente creo que tras el “Yo no puedo” se esconden varios problemas:

- Vivimos en valores de blancos y negros: yo no puedo Vs el otro puede, por lo tanto yo tengo que poder y si no puedo me hundo. Y la gama de los grises pasaría por: sé que quiero conseguir algo, busco la forma de conseguirlo y lo intento para superarme, no para compararme. (Y como plus, yo sólo veo lo que ha conseguido el otro, no la lucha que hay detrás).

- Desgaste emocional: tras cada fracaso merma nuestra autoestima y nos desgasta para el siguiente intento.

- Seguimos intentando conseguir las cosas por las mismas vías. Es como darse cabezazos contra un muro. Si haciendo X no consigues lo que quieres, prueba con Y o con Z. Pero no te empecines en X.


No creo y no quiero creer en el “No puedo” y aquí va mi mejor ejemplo recién superado no hace ni dos meses.

Situación: Ir al gimnasio

Mente: “Yo no puedo ir de forma regular”

Maticemos: “Yo no quiero ir, pero TENGO QUE IR porque es bueno para mi salud: gano más resistencia y flexibilidad que me viene bien para bailar, quiero mantenerme en forma. Y tener más fuerza y aguante para cuando vaya por la montaña.” O sea no quiero ir, pero quiero los beneficios de ir… ¡vamos como todas! Tonta no soy…

Antecedentes: desde los 15 años apuntándome y desapuntándome. Yendo de forma regular aguantaba 2-3 veces por semana un mes y no más. “Nunca he podido ir de forma regular” así que… ¿nunca podré? Ni de coña. Pero era un desgaste emocional que ya os podéis imaginar.

El día de ir: Nunca quería ir y cada vez que cargaba con la mochila al cole o al trabajo era un show: qué palo ir, no quiero ir, estaría mejor en casa, ¿por qué tengo que ir? es que de verdad que no puedo, estoy cansada, voy mañana… ¡pero si hasta somatizaba! Me llegaba a entrar dolor de barriga o migrañas que sólo se me iban cuando decidía en firme que ese día no iba. Mientras estuve en tratamiento por el trastorno por atracón parecía que estaba un poco más motivada pero vamos, nada del otro mundo. Ir seguía siendo un esfuerzo titánico para mí. Y mira que una vez allí no lo pasaba tan mal… 

Herramientas: para tener ganas de ir, durante todos estos años he probado de todo: escribirme en un papel los beneficios de ir, ponerme canciones cañeras que me motiven a ir, hacer meditaciones con mensajes subliminales para ir al gimnasio (¡os juro que esto existe!), enfadarme conmigo mismo, tratarme con condescendencia (“no pasa nada, si un día no vas, total ya llevas 6 meses sin ir”), escribir mis motivaciones para ir, retocarme fotos para motivarme a cómo me vería después de meses yendo, pedir a amigas que me enviaran whatsapp para animarme a ir, pedir a amigas que me enviaran whatsapp echándome bronca por no ir, quedar con conocidas en el gimnasio… ¡Nada funcionaba de forma permanente! No será por no haberlo intentado.

Hasta que…

Mi mayor confesión: “Yo no puedo hacerlo… sola”. Tan simple como esto.
No pude luchar contra los atracones yo sola aunque quería, así que me traté en un centro y pude. Quise hacer todo el tratamiento sin químicos y pedí que me retiraran medicación al cabo de unos 3 meses, así que ya está ya he cubierto la cuota de orgullo malentendido, ya puedo reconocer que hay otra cosa que no puedo hacer sola, que quiero hacerla y que he agotado todas las vías para hacerlo sola y no han funcionado. No me voy a seguir dando de cabezazos contra esa pared.

Solución: He contratado a un entrenador personal.

Veredicto: No pude y ahora puedo

“Yo no puedo” es el título de este post. La mayor mentira del mundo. Ahora lo sé… Y tú, ¿realmente no puedes?

06 mayo 2016

The famous…. ¡Zona de confort!

Hace muuuucho, muuuucho, muuucho tiempo (bueno, no tanto)… como algo más de 4 meses… justo en la noche de fin de año os conté todos los rituales que hacía para atraer la buena suerte: ropa interior roja, anillo de oro en la copa, ventanas abiertas, empezar el año con el pie derecho… y colocar una maleta en la puerta para favorecer los viajes durante el año. Pues bien, yo no sé qué ha pasado este año que se ha juntado que es el mío (os lo contaba aquí) con que algún conjuro de estos se ha salido de madre. ¡Para bien!

En concreto el de los viajes… no me preguntéis cómo pero el caso es que en tres meses y poco mi pasaporte lleva los sellos (¡no materiales!) de las Fallas, Tarragona, la Cerdaña francesa, Valencia, Londres y Marrakech. Contenta no, lo siguiente… aunque claro también aumentan el número de inseguridades y miedos ante cada nueva situación.

El último viaje del que he vuelto ha sido Londres, una especie de auto-regalo de cumpleaños porque no conocía esa ciudad y tenía una amiga allí que hacía años que no veía. La idea era ir a Londres sola y, luego, pasar todo el tiempo que pudiera (que no era mucho) con esta amiga cuando ella no estuviera trabajando. El resumen es que me lo he pasado muy bien, ha sido chulo… ¡y hay algo que siempre recordaré que pasó allí! Ya estará asociado a mí de por vida. ¿Qué si os lo cuento? ¡Por supuestísimo!

Veréis, el tiempo que estuve allí, durante el día hacía el guiri sola por la ciudad y algunas tardes quedé con esta amiga para ponernos al día de nuestras vidas, echarnos unas risas, beber cerveza y todo eso… Todo controladísimo: miedos, inseguridades, comida… Todo en orden, porque el nivel de disfrute era mayor que el desasosiego que sentía. Incluso cuando visité Camden Market (para quien no haya estado, el súmmum de la ropa cool europea en plan mercadillo bien colocadito) y vi que no había ropa que me cupiera me lo tomé con filosofía. A ver… claro que había ropa de mi talla: camisetas, vestiditos, pantalones… pero es que yo me encaprichaba de vestidos entallados muy pin up, corpiños, camisetas súper ajustadas… de los puestos más originales y atípicos. Y no es que sólo no hubiera mi talla, es que sólo las hacían en versión S y M. Ya os digo, ningún problema ni comeduras de cabeza.

Bueno, que si empiezo a hablar de ropa me lío y pierdo el hilo del asunto…

Pues la suerte (o no-suerte, según como se mire…) quiso que un día me encontrara en Facebook un mensaje de un conocido de hace tiempo del mundo de la salsa que me decía que estaba viviendo en Londres desde hacía un par de meses y que se había enterado que estaba de vacaciones y ¿que por qué no quedábamos? ¡Pues hombre claro! "Me viene de perlas para estar menos tiempo sola por aquí cuando mi amiga no sale", pensé. Me quise hacer la listilla (a ver si aprendo que esto nunca me sale bien) y muy segura de mí misma le dije que había pensado ir SOLA a un club de salsa a la ciudad para que ver qué tal el nivel de los ingleses (cursillo acelerado de prepotencia recién aprobado) y pegarme unos bailes y que por qué no se apuntaba… ¡vamos, como si yo le estuviera haciendo una favor, nos ha jodío! Este chico súper majo me dijo que sí, así que, adelante, quedamos una noche para ir a bailar salsa. Y yo feliz como unas castañuelas porque sola no habría ido ni de coña aunque me apetecería una barbaridad.

Llega la famosa noche… quedamos a las 20.30h… llego a la entrada del pub… mi amigo no ha llegado… le escribo… me contesta que ha tenido un contratiempo y que llega a las 21h… ¡Me-cagüen-todo-lo-que-se-menea-del-copón! Empieza a oler ya la caquita que me estoy haciendo… Respiro, relax… no pasa nada… y pienso (creo que fue el último momento en el que mi pensamiento fue coherente): "Vamos a ver, ¡no pasa nada! Es tontería quedarse en la puerta lloviendo, entro, voy directa a la barra ¡ahí con seguridad y sacando pecho!, me pido una cerveza y espero tan ricamente en la barra bebiendo hasta que mi amigo llegue a las 9h. Hasta voy a ser como la protagonista seductora y súper segura de sí misma de una película". Sí, sí… ¡los cojones!

Plan en marcha, entro en el bar y… ¡¡¡mierda!!! Os juro que la gente de dentro olía mi miedo… Voy a la barra y no había taburetes para sentarse porque… nadie bebía en la barra, sino que cogía la bebida y se sentaba en una mesa. ¡Fantástico! ¡Relax! Pido mi cerveza… me ponen medio litro, bueno, venga, vale, así tardo más en beberla y me entretengo… y con la cabeza alta, las tetas fuera (¡¡¡erguida!!! no me las saqué no…) y la cerveza en la mano, casi temblando, voy caminando por el bar a no sé qué, mientras no para de sonar reggaetón… Oteando, buscando un sitio libre donde sentarme y me convirtiera en invisible por arte de magia o buscando a saber qué… Os juro que no eran imaginaciones mías: todo el mundo estaba sentado en mesas en pareja o con grupos de amigos y algunos (mentira, ¡muchos!) levantaban la vista, me miraban (las tías, me miraban de arriba abajo descaradamente las muuuuy putas, lo siento lo tenía que decir) y lo llevaban escrito en las caras y los gestos aún sin decir nada: “¿qué coño hace esta tía sola aquí?”. Y aquí la menda con cara de póker (que se piensa que lleva una sonrisa tranquila pero que más parece una mueca de estreñida) mirando alrededor, nerviosa: "¿Pero qué cojones hago? ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Qué busco? Joder, estoy empezando a sudar de los nervios."

De repente… ¡salvada! Veo una puerta al fondo que da a una terraza y para allí que voy directa. Y al traspasar la puerta… un paisaje todavía más desolador. Ocho mesas en la terraza: seis con grupos de amigos, una con una parejita y… ¡una sin nadie! Para allí que voy directa con mi cerveza taconeando sobre el suelo adoquinado y sí, para las más avispadas, di un medio traspié, pero seguí caminando toda digna. Tenía que pasar, es de manual: tacones + adoquines = ¡Fuck!

Me siento, bebo un trago de cerveza, respiro… a ver si el oxígeno me llega bien al cerebro ante tantos nervios, inseguridades, ansiedades y empiezo a mirar alrededor. ¡Me estaban mirando en plan descarado! ¡Hijos de su puñetera madre! Al menos hay que reconocer que cuando les pillaba y era yo la que no desviaba la mirada con cara de mala ostia, ellos sí que la apartaban, pero de vez en cuando veía que volvían a mirar. ¡Joder! Eso toca la fibra a cualquiera… y si ya encima vas nerviosa e insegura pues… ¿Qué es? La cabeza a mil: ¿me miran porque estoy sola, porque no estoy tan delgada como ellas, por fea…? ¿Se me está yendo la cabeza ya de mil suposiciones y ninguna positiva?

Media hora después yo seguía sentadita sola en esa mesa enorme para seis personas, bajo el chiribiri ese de lluvia, con mi cerveza, fingiendo que pasar el rato sola rodeada de decenas de personas en compañía es mi hobby de los domingos noche, con ganas de ir a hacer pis y acordándome de la familia entera de mi amigo y de toda la puñetera saga de reyes de Buckingham Palace cada vez que veía que pillaba a algunos mirándome, y sí, en dos ocasiones de un grupo de chicas la ecuación fue miradas + cotilleos al oído. Que oye que podrían haber estado hablando de las crisis en Crimea, pero a mí me estaban metiendo el dedo en la llaga de las inseguridades.

Las 21.10h (encima se retrasa), 21.15h (le mato), 21.20h (quiero llorar), 21.25h SMS: "¿pero dónde estás?"  Respuesta…

                             

Tocada y hundida. Tierra trágame y ya cavaré yo un túnel de vuelta a Barcelona…

- Flash forward: En defensa de este chico diré que la excusa era buena: drama familiar. Me lo explicó todo al día siguiente cuando fuimos a cenar (pagó él la cena para compensarme, ¡hombre, por supuesto que se lo permití!) Pero volvamos a la escena del drama donde lo dejamos…-

1er pensamiento: que no me gusta que me llamen Meri, ¡joder!
2º: ¿pero para qué pagas 3 SMS en algo que me puedes decir en uno?
3º: Oh, oh… ¿y ahora qué coño hago?
4º Tú sigue bebiendo cerveza que aún queda y escribe a una amiga para matar el tiempo. Una vez se te acabe la cerveza, te levantas toda digna y te largas… ¡no corras, que llamarás más la atención! Sal tranquila, pero cooooooorre al metro y no mires atrás, correeeeeeee al hotel y directa a esconderte bajo las sábanas. Y reza, ¡reza! para no encontrarte un súper 24h abierto… porque ahí tendremos un problema y gordo de toma de decisiones.

En esas que se sienta un chico en el banco opuesto de mi misma mesa a hablar con alguien por el móvil.

Mientras tanto yo… pidiendo auxilio-camuflado a una amiga en la patria que me vio nacer:

                             

Y luego en cuestión de minutos todo fue muy rápido, llevaba ya más de una hora con la ansiedad por las nubes, se me acabó la cerveza… y en el momento de levantar el culo del banco para irme, tal como tenía planeado, mi mente se plantó y dijo NO. De repente llegué al límite de la ansiedad, ahora sí que me temblaban las manos y por mi mente pasaron miles de pensamientos inconexos que no me daba tiempo a analizar, sin orden, todos revueltos, rápidos, velocísimos: mi zona de confort, todos me miran, por qué me tiene que pasar esto, todos son mejores que yo, ellos no son mejores que yo, quiero bailar, no estoy haciendo nada malo por estar sola, no tengo por qué avergonzarme, tengo derecho a estar aquí, tengo derecho a estar sola sin que me juzguen, sí me han dejado plantada, por dios que no puede ser tan difícil hablar con alguien, morirse es grave esto no, ¡joder, deja de pensar y arriésgate, idiota!, total aquí nadie te conoce, ¿qué más te da lo que piensen de ti si en dos días te vas de este país?, millones de personas cada día hablan con desconocidos y no se les cae a cachos la lengua, a lo sumo la vergüenza y el miedo....

Miro alrededor, el chico de mi mesa sentado medio de lado ya no está hablando por el móvil pero sí con el whatsapp y me lanzo de cabeza a la piscina, sin pensar más…

     Yo: hola... (con voz estrangulada)
     Él: …….. (ni se gira porque no me oye)

(Vaaaaaa, ánimo, ya está lo peor, ¡inténtalo otra vez!)

     Yo: HOLA (ahí me he pasado)
     Él: Hola

(¡Ya está! Vengaaaa, ¡sigue!)

     Yo: Emmmm... ¿hablas castellano? (muy bien Meritxell, te quedaste en la época del "¿Estudias o trabajas?", ¿no? ¡Dios! qué poco ocurrente)
     Él: (sigue con el móvil en la mano)

(¡Joder! Por Dios, relájate!!!!!!!!)

     Yo: Perdona, una preguntita… ¿vienes a menudo por aquí? (nah ni te molestes en contestar, que ya sigo hablando yo) es que llevo un rato largo aquí sentada y no paran de poner reggaetón (le hago una mueca de asquete y consigo sacarle una sonrisa) y me habían dicho que aquí ponían buena salsa, entonces no sé si quedarme o no, porque yo venía a bailar (no a ligar, te lo dejo claro).

Y, en ese momento, ¡lo vi! Fue sólo un segundo pero fue una revelación como a cámara lenta: dejó el móvil encima de la mesa, se giró hacia mí, me miró a la cara y me contestó… me estaba diciendo con su cuerpo “Sí, te voy a dar conversación”.

     Él: Ya, es que el reggaetón es para que los ingleses se froten un poco jajajja pero la salsa buena la ponen a las 10h y es cuando llegamos todos los que bailamos….
     Yo: Pues qué alivio, porque estaba a punto de irme… pero siendo así me espero un ratito más, ¿no?.
     Él: Sí, sí, quédate que ahora ya llega un DJ que pincha muy bien: salsa cubana, son, guaguancó… ¿y tú también bailas? ¿De dónde eres?

¡SÍ!!!! ¡¡¡CONSEGUIDO!!!! En algún momento de la conversación todo empezó a fluir, respiré hondo y me relajé…. ¡y acabó siendo una noche grandiosa!

Efectivamente, a las 22h llegó el DJ, el ambiente cambió, empezó a sonar salsa, yo misma saqué a bailar a este chico, luego llegó su amiga-rollete, me la presentó, charlamos un rato… ¡y no paré de bailar en toda la noche! Me sacaban chicos, yo sacaba a otros, di conversación a un par que vi predispuestos: salsa, bachata, merengue… lo bailé todo. Me puse a debatir con un inglés de 70 años las diferencias entre salsa cubana y salsa en línea en Londres y en Barcelona, me escaqueé de un cubano de metro y medio que ponía las manos donde no debía, me bebí otra cerveza, me reí sin parar con el chico de la mesa y su amiga, la señorita “somos-ex-pero-no-nos-volveremos-a-liar”. Ya, claro…. Disfruté taaaaanto.

Finalmente, sí que me tuve que ir corriendo del bar pero porque, si no corría, perdía el último metro a mi hotel. Llegué a coger el metro por los pelos pero llegué y aún tenía que hacer un transbordo… al que también llegué corriendo por los pasillos y justita de tiempo pero aún me sobraron unos segundos para hacer una foto a este anuncio del andén antes de que llegara mi último metro. Y todo con una sonrisa de felicidad en mi cara.
Verdad, verdadera...

Seguro que muchos habéis oído hablar de la zona de confort y, si no lo habéis hecho, existen miles de artículos en internet escritos por psicólogos que os lo explicarán en detalle muy bien. Básicamente es esto:

                  

Y lo que he querido compartir con vosotros en este post no ha sido ni mi zona de confort, ni mi espacio fuera de la zona de confort sino el salto intermedio: ese espacio en el aire, ese momento de pánico, de vibración, de estómago contraído, nervios, sudor, ansiedad… ese momento en el que te la has jugado y aún no sabes si volarás o te estamparás contra el suelo… en definitiva, ese momento de vida.



En el avión, ya de vuelta a Barcelona, pensé en ello y me di cuenta de que, en esta ocasión… había salido fuera de mi zona de confort y había volado.

¿Aprendí que cuando me arriesgo tengo éxito? ¡NO! Aprendí que si me arriesgo puedo tener éxito o no; si no me arriesgo, seguro que no lo tengo. Esto último sí es una certeza.




Bonus: yo no creo mucho en karmas, ni destinos ni coincidencias ni todo eso… pero si vais a Londres, aquí os cito “mi lugar”: Stables market en Camden.

- Ahí están las tiendas-mercadillo para mí más espectaculares y originales de todo Camden Market. No hay de mi talla pero da igual siguen siendo excepcionales…
- Ahí está The Cuban, el bar protagonista de este post.
- Ahí hacen la mejor comida que probé en esos días y sana (si uno quiere), donde comí un delicioso plato típico filipino compuesto de arroz basmati especiado con pollo, soja y verduras.
- Y realmente el sitio en sí es muy original, son unos establos para caballos, reconvertidos, desde hace casi dos siglos.

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