Texto atracones

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17 mayo 2014

La comida, mi comodín en la vida

¿Jugáis a las cartas? Da igual que sea a la brisca, al tute, al Uno, a algunas variantes de poker… En la mayoría de juegos existe el comodín, una carta que puedes colocar en cualquier posición y cumple una función que sea ventajosa para ti. Ahora quiero color, ahora quiero un 5, pero ahora mejor un 7… Sirve para todo. Y eso es lo que ha significado la comida en mi vida, un comodín acomodable a cualquier situación que viviera y que, aparentemente (¡sólo aparentemente!) me ayudaba a sobrellevar cualquier situación.

Si estaba triste, la comida me daba alegría

Si estaba contenta, la comida aumentaba la euforia, era la forma perfecta de hacer todavía más grande un momento ya de por sí bueno

Si estaba nerviosa, me relajaba. Después de un atracón, tienes tantas molestias físicas que ya se han comido hasta los nervios y nunca mejor dicho.

Si estaba rabiosa, enfadada, frustrada… ¡ahí estaba la comida! Con cada bocado y cada vez que tragaba descargaba la furia.

Si estaba aburrida, qué mejor entretenimiento que un atracón. Bajar al súper, pasear por los pasillos, no tener que escoger lo que te apetece porque te apetece todo, cargar el carro, volver a casa, sentarte en el sofá, empezar a comer viendo una película o una serie…

Si estaba estresada, la excusa era: “oye, hay que parar un poco, un descanso, de estudiar o de lo que sea que estés haciendo y ve a comer”.

Y si estaba hambrienta… ¿a que lo adivináis?

Así todo escrito, tiene su lógica (en una mente ilógica, la mía) pero costó muchísimo tiempo que yo me diera cuenta del papel que jugaba la comida en mi vida. Yo sólo “sentía” que el darme atracones era lo que marcaba la diferencia en mi día a día. La razón por la que levantarme por la mañana (de nuevo, función comodín) o un buen motivo para volver a casa por la noche: lo que me esperaban eran bolsas de patatas, donuts, bollos, pizza, pastelitos… Los días que estaba haciendo dieta (hubo épocas en las que estaba decidida a frenar el aumento de peso constante) lo que sentía era un vacío enorme, que me faltaba algo en mi vida, me faltaba el sentido de la vida. Al no poder comer todo ese tipo de comida basura no es que me faltara alegría, es que me faltaba la razón de ser.

Y lo que tuve que aprender (¡y en ello sigo!) es a prescindir de este comodín anestesiante en mi vida. Si estoy triste pues puedo buscar una amiga con quien desahogarme; si estoy contenta, lo disfruto y lo valoro; si me siento nerviosa, pues intento relajarme, salgo a dar una vuelta, respiro… ¡lo que sea! pero mantengo las manos quietas para que no me lleven nada a la boca; si estoy rabiosa o enfadada, pues lo saco o chillo o me lo trago y pongo buena cara si, por ejemplo, estoy en el trabajo; y si estoy estresada, pues me desestreso. Pero el quid está en hacer cualquier cosa que no niegue lo que siento ni lo “tape”, en plan aquí no ha pasado nada.

Una vez ya dentro del proceso de terapia para tratar el trastorno por atracón recuerdo que me enfadaba en muchísimas ocasiones, porque no podía comer lo que quería: obviamente, no quería comer, lo que quería era darme un atracón. Pero sentía una rabia impresionante, mi argumento era éste:

“Tengo una suerte enorme. Yo tengo algo que muchas personas querrían y es que cuando me pasa algo malo tengo algo que me hace sentir mejor, de forma inmediata, cuando quiero y donde quiero. ¿Por qué tengo que prescindir de ello?”

Y la respuesta que me daban es que este comodín no era gratis por mi cara bonita. Y si lo quería seguir teniendo en mi vida, no había forma de negociar, debía asumir su coste. ¿Su precio? Aislarme de la gente, tener una obsesión / adicción que me quemaba por dentro y me dominaba, aumentar decenas de kilos de peso, tener problemas de salud (colesterol, obesidad mórbida, azúcar, mala circulación…), dejar de vivir porque sustituía la vida por la comida, dejar de sentir sentimientos normales porque la comida los anestesia, perder la autoestima, ganar inseguridad, odiar mi físico, aumentar mis miedos hasta el infinito…. Y un sinfín más de cosas que me permitirían escribir mi propia enciclopedia por fascículos.

Me parece un precio muy alto. Así que, hace ya algunos años, aposté por aprender a vivir y decidí descartar el comodín de mi baraja.

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