Texto atracones

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06 junio 2014

En la boca del lobo...

Soy salsera. Sí, le doy a la carbonara, al pesto y a la boloñesa pero también me calzo mis zapatos de baile y me voy a mover las caderas a las salsotecas de la ciudad. Empecé a bailar salsa hace algo más de un año yendo a una escuela y, en su momento, me costó muchísimo. Estaba ya con el trastorno alimentario bastante controlado e iba “redescubriendo” el mundo: salir, hacer nuevos amigos, ponerme ropa que antes no me ponía... Y con algo más de 45 kilos ya perdidos el mundo había mejorado bastante para mí, es cierto, pero no era tan ideal ni de color rosa como yo imaginaba.

Yo no tenía un cuerpazo de modelo, delante de la puerta de mi casa no había una larga fila de gente deseando ser mi amiga, ni hombres fabulosos esperando a que me fijara en ellos, ni planes fantásticos cada fin de semana donde todo fueran risas y alegrías. Y, al empezar las clases de salsa, me di cuenta de otra limitación que tenía y era el contacto. La salsa por wifi todavía no se ha inventado, así que obviamente los chicos tenían que tocarnos a las chicas, cogernos de la espalda, hacernos girar, agarrarnos de la cintura, levantarnos los brazos para hacernos girar... lo normal. Pero yo me pasé un par de meses iniciales pasándolo realmente mal. Cada vez que notaba una mano en algún sitio lo primero que pensaba era: “seguro que le da asco tocarme”, ya sea por mis michelines, por los rollitos de la espalda, por las caderas anchas, porque no me puede rodear bien la cintura, porque me tiene que tocar la barriga, porque al levantarme los brazos verá como parecen gelatina de la flacidez... Aprendí varias cosas pero la principal fue que no importa cuánto aguantara la respiración y metiera la barriga cuando un chico me tocaba, no perdía 3 tallas por arte de magia. Así que no os molestéis en intentarlo...

Tampoco ayudaba mucho a sentirme cómoda en esta situación las comparaciones que yo establecía con las otras chicas de clase, las que también tenéis una obsesión con el físico seguro que me entendéis perfectamente. Pero es que mucha suerte no tuve porque mis compañeras no es que fueran “normales”, es que eran “divinas”, un término que uso muy a menudo para según qué chicas: pues éstas eran preciosas de cara, guapísimas, delgadísimas (obviamente), con ritmo (o así lo veía yo) y encima... simpáticas, cariñosas e inteligentes. ¡Venga! El lote completo. En todas las comparaciones obviamente yo salía perdiendo, a pesar de que pudiera bailar igual o mejor que algunas, yo sólo me fijaba en la elegancia de sus cuerpos o lo bonito que era cuando bailaba una delgada. Así que sí, mis inicios salseros fueron duros.

Y se volvieron más duros, cuando después de cada clase, todos los compañeros nos íbamos a una discoteca a practicar. En clase, los chicos iban rotando y todos bailábamos con todos pero en la discoteca... ¡ay amigos y amigas! Eso era la ley de la selva. La teoría es que los chicos sacan a bailar a las chicas y a la inversa. Pues la inversa es únicamente la teoría. La inmensa mayoría de las veces son los chicos los que dan el primer paso de acercarse a una chica y ¡qué casualidad! sin conocernos a ninguna de la discoteca sacaban a bailar a las más guapas. A las divinas si las sacan más, practican más, bailan mejor y sonríen más. Y luego estaba yo ahí de pie esperando que alguien me sacara, con mi cara de acelga comparándome con el resto y contando como a mí me sacaba un chico por cada 5 que les sacaban a ellas. Todo un show. Era muy simple: yo vivía como un rechazo cada noche en la discoteca.

Bueno, y la guinda del pastel (quizás algún día mi metaforillas dejarán de ser alimenticias...), los modelitos. Yo con mi peso ya estaba dentro de la normalidad pero qué narices, en una talla 40 o 42 no cabía y si bailo mucho pues sudo, posiblemente un poco más que la gente normal porque todavía tengo grasa en el cuerpo. Según las cifras yo ya sólo tenía sobrepeso, no obesidad, pero claro si te metes en una discoteca donde todas las chicas enseñan tripa, llevan minifaldas o shorts que parecen diademas (¡porque se lo pueden permitir!), escotes hasta las rodillas y no sudan ni una gota después de tres salsas seguidas pues... Sí, me metí en la boca del lobo. No puede ser que a una persona obsesionada con el físico, superficial y con las limitaciones que yo llevaba la metas en un sitio así. ¡Cuidado! Que la metas no, que me meta yo sola. Si me hubieran invitado a un club de lectura no me habría sentido tan insegura cuando lo que se valoraba era mi cerebro, pero claro de espectadora de “Miss Salsa 2013” pues era duro...

Y después de este extenso flashback llegamos a la actualidad...

Por circunstancias, cambié de academia y de salsotecas donde ir a bailar. Conocí nuevos compañeros de clase y nuevas “divinas” que se han convertido en grandes amigas. Y encima empecé a tomar clases de bachata (por si alguien no sabe el estilo de baile que es, os diré que se baila cuerpo con cuerpo, es muy sensual e íntimo). Me divierto muchísimo, estoy deseando que lleguen mis noches salseras de la semana, me sacan a bailar, saco a chicos a bailar, bailando siempre llevo una sonrisa puesta...

Mis zapatos de salsa preferidos

¿Qué ha cambiado en este año? La boca del lobo no... La situación es la misma: las chicas van despampanantes a bailar, hay chicas profesionales y aficionadas pero todas explotan su físico al máximo y le dan una importancia grande a la estética y a la imagen (vestidos, minifaldas, tacones altos de baile, escotes, transparencias, lentejuelas...), los chicos suelen sacar a las chicas que les llaman más la atención ya sea por una sonrisa o por una cara preciosa o porque bailan bien o porque prefieren tocar un cuerpo delgado, lo que sea... Todo igual, así que sólo hay una explicación: la que ha cambiado es mi actitud. He sido yo.

Mes tras mes, cada domingo aguantaba como una jabata de pie en la discoteca esperando que me sacaran a bailar, cuando yo sacaba a bailar a algún chico, mi cara de pánico por si me rechazaba debía ser épica. Cada domingo volvía a casa deprimida, rabiosa por lo injusto de la situación, culpándome a mí misma por no ser más guapa y delgada y al llegar a casa luchaba por no darme un atracón. Y después de tanta lucha era natural que pasara algo: o dejaba este mundo de la salsa o me acabaría destruyendo yo misma, o algo debía cambiar. Cambié yo, poco a poco recordé que a mí simplemente me gusta bailar. Y soy buena en ello. No soy la mejor pero tampoco la peor. Seguí insistiendo, yendo cada fin de semana, con otra gente, con otra actitud.... No se podía empeorar más.

Como seguramente mi físico no es espectacular, doy coba a los chicos antes o después de empezar a bailar, intento ser simpática, relajarme, sacar a bailar yo también, bromear... Se trata de divertirse. Si voy con amigas me siento más confiada, cada vez conozco a más gente porque me abro más. Porque qué narices, si yo fuera hombre, no sé qué chica elegiría pero sí sé que no querría bailar con la que está de pie desde hace 30 minutos con cara de acelga y parece enfadada con el mundo, aunque luego esa chica lo esté pasando mal ni sufriendo, como era mi caso.

Y tengo un truquillo. Hay días que no me saca ni Dios para un baile y encima yo no dejo de mirar lo bien que les sientan las minifaldas con vuelo a las otras, me siento depre si no me sacan.... Pues esos días, me obligo a sacar a un chico y mientras bailamos siempre recuerdo lo mismo. Siempre.

“Con 124 kilos yo estaba sentada con un montón de comida preparada para engullir delante de la tele, viendo bailar salsa en la tele o en las películas y soñando con que yo era la protagonista. Mírame ahora, no es un sueño, es real. Estoy bailando como ellos. No lo desperdicies, ¡tonta!”


Y os prometo que me funciona, me da un subidón de alegría tan grande como pena y cariño por mí misma por todo lo que he tenido que pasar. Porque aunque sólo me sacara un chico en una noche de 3 horas os puedo asegurar que esa salsa que bailara la disfrutaría, porque no es un sueño. Ahora es mi realidad, y doy gracias, mil gracias por haber llegado hasta aquí.

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