Texto atracones

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27 junio 2014

¿Qué mensajes te repites cada día? ¿Qué mensajes te repites cada día? (sí, lo repito)

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3 de la madrugada de un martes cualquiera. Tele encendida. Varios canales, misma programación: pseudo porno/erotismo (por decir algo a esa mezcla de striptease, contactos, publicidad…), show-videntes circenses, un poco de juego en el casino televisado y… la fantástica teletienda.

Apuesto a que no hay nadie que no pueda mencionar al menos dos o tres productos surgidos de ese maravilloso mundo teletiendero. Así, sin pensar, hagamos la prueba… 1, 2, 3, responda otra vez: crema de babas de caracol o de serpiente o de algún reptil que he olvidado, faja, cortalechuga, mesa plegable, sujetador 3, 4, 5, o 6 en 1…, robot de cocina házmelo-todo… Me habéis pillado en frío. Dadme unos segundos y me irán saliendo más.

Lo más curioso de estos productos es que, en un mundo televisado que se rige por la máxima de “el tiempo es dinero” y, en el que los cortes publicitarios aglutinan hasta 5 ó 6 anuncios en sesenta segundos, los productos de teletienda se desmarcan y se explayan con sus 10-15 minutos tranquilamente: que si explicaciones, demostraciones, diferentes puntos de vista (diferentes enfoques de cámara), consultas a expertos, consultas a gente que han probado estos productos y les ha cambiado la vida, promociones, ofertas de último minuto, repetición de las propiedades, los expertos, las demostraciones…

Cojines de gel para el culillo, set de cuchillos que cortan absolutamente todo todo todo, planchas alisadoras y rizadoras de pelo a la vez…


Pero hay algo que me fascina. Y no sé si sólo me pasa a mí… Al primer minuto de cualquier anuncio teletiendero (que pillas en medio de un zapping trasnochador) tú ya ves venir el percal: “Bueno, esto es ridículo, ¿pero quién se lo cree?”. Pero te quedas por curiosidad… y a medida que van pasando los minutos, con tanta explicación (por muy inverosímil que parezca inicialmente) y demostración empiezas a engancharte. Hasta que después de 20 minutos de ver y re-ver lo mismo y de que te repitan hasta la saciedad lo bien que funciona, empiezas a creértelo un poquito y luego un poquito más… Hasta que… Si no eres consciente y te frenas, te descubres esa misma noche o al día siguiente comprando algo parecido porque no sabes como has podido vivir sin ese producto durante toda tu vida.

Colchón de aire que no se mueve ni con una morsa encima, aspirador que limpia él solo, chismes dobla camisetas, cartera metálica súper-híper-mega-ultra resistente…

Muchos ya sabemos que precisamente uno de los éxitos del mundo publicitario es vender productos: una forma es hacer consciente una necesidad que no sabíamos que teníamos y la otra es creando una falsa necesidad.

Es decir, que la teoría la controlamos todos. Y aún así, yo al menos, me dejo hipnotizar por esos anuncios de teletienda hasta el punto de que alguno de esos productos se pueden encontrar en mi casa. Sí, lo confieso.

Plantillas que te hacen ganar 3 cm de altura, perfumes que atraerían hasta al modelo más codiciado de la pasarela, una lista interminable de aparatos para moldear abdominales, glúteos, barriga, brazos…

Y, para mí, la clave reside básicamente en la REPETICIÓN. Los anuncios no son buenos, los productos tampoco, la imagen deja que desear, la musiquilla de fondo no es que vaya a ganar ningún premio, los testimonios suenan falsos… ¿entonces? Para mí, la clave reside básicamente en la REPETICIÓN (sí, sí, ya sé que me he repetido).

La gran, única, inigualable, inconfundible, insustituible… batamanta.

Ahora, apartémonos del mundo enmarcado en una tele de plasma y miremos nuestra vida y, en concreto, a nosotros mismos. Muchas llevamos años y años repitiéndonos cosas sin ser conscientes, en diferentes variantes pero repitiendo la misma idea. Una y otra vez, una y otra vez. En diferentes escenarios, con diferentes palabras, a diferentes horas del día. Y, es más, hasta hacemos referencia a nuestra propia lista de “expertos”.

     Lunes: uff qué ojeras tengo
     Martes: este pantalón me aprieta, ya he engordado (¡pánico!)
     Miércoles: mira esa chica por la calle qué pelo más brillante tiene y no como el mío
     Jueves: ese mocoso me ha llamado “señora” al preguntarme la hora. ¿Tan mayor parezco?
     Viernes: recién maquillada para salir de fiesta estoy mona, pero es que sin chapa y pintura no valgo nada
     Sábado: me acuerdo yo de una vez que en el cole con 13 años un chico me dejó por mi amiga que era más guapa que yo
     Domingo: qué maravilla sería no tener las uñas tan frágiles
     Lunes: claro, mi jefe ha felicitado a mi compañera porque mi trabajo no vale tanto como el suyo.
     Martes: si me toca la lotería, me hago una liposucción.
     Miércoles: mi madre me suelta: “hija, pero cómo vas con esas pintas por la calle”

Y así, día tras día, durante años nos vamos mandando mensajes negativos sin darnos cuenta que a base de repetirlos de diferentes maneras y con diferentes palabras, nos los hemos acabado creyendo. Las palabras son diferentes, los contextos también, las formas difieren pero el mensaje... el mensaje de base es el mismo: no valemos nada.

Yo no propongo que a partir de ahora nos digamos cada día lo fabulosas que somos cada una porque a base de repetírnoslo nos lo acabaremos creyendo. Ojalá fuera tan fácil. Que oye que sí, que si cada día nos plantamos delante del espejo a admirarnos y a expresarlo en voz alta seguramente al cabo de unos días nos sentiremos mejor.

Pero sí al menos creo que es importante, en un primer momento, identificar y poner en duda cada uno de esos mensajes negativos que nos enviamos cada día hasta varias veces sin darnos cuenta, y se van instalando en nuestra mente para quedarse.

Porque ya sabéis lo que se dice: “un grano no hace granero… pero ayuda al compañero”

2 comentarios:

  1. Yo es de lo más poderoso que he visto con el coaching, sin duda!
    El ser consciente de mis pensamientos y cuestionarlos y darme cuenta que la mayoría ni siquiera son ciertos.
    No voy a decir que ya no me diga nada negativo de mí misma pero vaya, no tiene ni punto de comparación con lo que era antes.

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  2. A mí me parece básico identificar los pensamientos , luego ya los cuestionas, los obvias, los enfrentas, lo que sea... pero hay qué conocer la existencia de esos enemigos invisibles.

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