Texto atracones

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20 junio 2014

El click que cambió mi vida


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On / Off. Toda mi vida he sido una chica de extremos. O todo o nada. O arriba o abajo. O engordaba o adelgaza. O felicísima o deprimida. O amiga o enemiga. O blanco o negro. O atracones o ayuno total. Es desde hace poco que estoy descubriendo la inmensa gama de grises de la que se compone la vida. Pero, ¿qué ocurre cuando uno de los dos extremos te atrapa y te retiene? Ya no puedes salir, ni siquiera tirarte de cabeza al extremo opuesto. Durante años oscilé entre los atracones y la restricción más dura de alimentos pero llegó un momento en el que ya no pude salir de los atracones.

Desde el mismo momento en el que nos damos un atracón le estamos otorgando poder a la comida para controlarnos y luego debemos recuperar ese control y ese poder. Bien, pues llegó un momento de mi vida en el que yo inconscientemente le di a la comida un cheque en blanco para que hiciera conmigo lo que quisiera. Me sentía hundida, deprimida, triste, fea, gorda... pero sobre todo muy cansada de tanta lucha. Desde jovencita siempre había estado rellenita, con lo cual la lucha con la comida que me acabó agotando ya empezó ahí: que si adelgazar, que si compararme con otras chicas, que si dieta, que si no gustarme... Así que llevaba años y años de lucha hasta que finalmente, sin darme cuenta, dejé de intentarlo. Me levantaba por las mañanas destrozada física y anímicamente (por la cantidad de azúcar y comida que había engullido la noche anterior) y aún así ni me molestaba en prepararme un desayuno como Dios manda, sino que pillaba lo que hubiera: restos de pizza, donettes, bolsas de patatas, embutido, queso, croissanes...

Y fue así, como llegué a los 124 kilos y pico. Dejando de intentarlo.

No reaccioné cuando traspasé la frontera de los 100 kilos.
No reaccioné la primera vez que tuve que ir a comprarme ropa a una tienda de tallas especiales.
No reaccioné la primera vez que, en un avión, no me pude abrochar el cinturón.
No reaccioné cuando me faltaba el aliento sólo por subir un tramo de escaleras.
No reaccioné cuando veía fotos mías con un peso descomunal.
No reaccioné cuando mis padres me hacían comentarios sobre mi aumento de peso.
No reaccioné cuando el médico de cabecera me enumeraba todos los riesgos para mi salud que suponía mi peso.
No reaccioné... ¡hasta que me tocaron el orgullo!

Había ido al médico de mi mutua a por los resultados de un análisis de sangre en el que yo contaba que saldría lo de siempre: azúcar un poco tocado, colesterol y triglicéridos. El trío maravillas coleguita mío desde hacía años. Pero resulta que la tiroides salió un poco alterada, así que me mandaron a la endocrina. Al no ser por la Seguridad Social todo iba bastante rápido. La endocrina me empezó a soltar el rollo de siempre: la importancia del peso, los resultados de las analíticas, riesgos para la salud... PERO (y estas palabras lo cambiaron todo)

"...no te preocupes, si has intentado dietas y no han funcionado, en tu caso, con el peso tan alto que tienes, yo creo que podrías plantearte una operación. Porque con este peso no puedes seguir, es malo para tu salud. Tranquila. Mira, yo te hago una receta para que visites la unidad de cirugía de la obesidad y, sin ningún compromiso allí te lo explican todo: tipos de operación, la que te podría convenir a ti (que si balón, corte del estómago, corte del intestino...), pros, contras, requisitos para la operación, precios teniendo tu mutua, pruebas psicológicas que tendrías que pasar...”

Así de corrido, yo sin decir ni mú, que ya es todo un logro en mí.

Salí de la consulta con un brillito de esperanza, con una pequeña ilusión de cambiar cosas y de hacer cosas nuevas y en los 15 minutos hasta la parada de metro empecé a fantasear con el cerebro a mil por hora sobre todo lo relacionado: tenía que pedir hora, tenía que buscar cómo conseguir un crédito, buscar en internet información sobre la operación, dónde quedarían las cicatrices, cuánto peso se perdía... quería “engullir” todo ese tema, “atracarme” de toda la información de algo que hasta ese momento veía ajeno a mí, porque nunca me había planteado una operación. Pensaba que las operaciones eran para gente que no podía hacer una vida diaria normal por culpa de las limitaciones físicas de su cuerpo y yo, al fin y al cabo, me levantaba cada día para ir a trabajar.

Creo que llegué a buscar algo de información por Internet. Era el año 2008 o 2009 tampoco había tanta información como ahora. Pero la cuestión es que....

NUNCA llegué a llamar para pedir cita.

La ilusión por esa nueva posibilidad en mi vida duró poco, apenas unas horas, luego empezaron a venir pensamientos más amargos que me enfadaron, me entristecieron, me despertaron una rabia descomunal, me alteraron, me enfurecieron una barbaridad, me alteraron hasta los límites... Esto ya de por sí era positivo, visto en retrospectiva, porque con tantos atracones en los últimos años, sólo salía de la apatía diaria para sumirme en la depresión cuando veía lo que me estaba haciendo a mí misma. Lo que pensé fue...

Con qué facilidad la endocrina me ha propuesto la operación, lo debe hacer con 5 ó 10 chicas cada día. Ni siquiera me ha preguntado si es algo en lo que yo había pensado. Ha supuesto que yo no quiero seguir viviendo así.

Esto de perder 40-50 kilos en pocos meses, yo no lo veo muy claro... no me parece sano

Después de la operación tendré que pasar unas semanas con batidos y comida líquida. Y si tengo que hacer eso entonces, ¿por qué no lo hago ahora y pierdo el peso igual?

Después, durante toda mi vida tendré que llevar especial cuidado con la comida y no podré comer cantidades grandes. ¿Disculpa? Mi madre es gallega y mi padre de la cuna del lechazo. ¿Cómo narices voy a sobrellevar las vacaciones con la familia?

Qué palazo pasar por una operación: anestesia, ingreso (pedir vacaciones en el trabajo, dar explicaciones), postoperatorio, luego que alguien me tenga que llevar a casa, que alguien se quede conmigo (vivía sola entonces), los dolores, las curas, los controles (más permisos en el trabajo).... Ufff, cuánto lío, ¿esto no se puede hacer de forma discreta sin que se entere nadie o en pleno agosto?


Si ya me han propuesto operarme es que ya la he liado buena. Esto sí que ya es una emergencia, he excedido los límites. Tengo obesidad mórbida y esto se ha puesto muy serio. No puedo seguir poniéndome una venda en los ojos y fingir que aquí no pasa nada. Sí que pasa.

Y la idea que más me quemaba por dentro:

Si la operación sale bien será gracias al cirujano. Mi cambio de vida siempre se lo deberé a “alguien”. “Alguien” me devolverá mi vida, me permitirá perder peso al quitarme un trozo de estómago... Y encima un desconocido y ni siquiera alguien que me quiere de verdad. Pero si sale mal, ¡¡¡la culpa será enteramente mía!!! Si hay complicaciones en la operación será por mi exceso de peso. No exageraba para nada entonces. Unos años antes, yo vivía fuera de España, allí me tuvieron que operar de urgencia de apendicitis. Y cuando hubo complicaciones porque se infectó, no cicatrizaba bien y las curas no funcionaban... ¡la culpa era de mi exceso de peso, según los médicos, porque dificultaba el proceso!

¿Entonces? ¿Era simplemente eso? ¿Me tiraba más de 10 años de mi vida, destrozándome física y anímicamente y de repente venía un cirujano y lo arreglaba todo con su bisturí? Así de fácil. ¿Y yo? ¿Yo en qué había intervenido en el proceso?

Además, en mis búsquedas por Internet había encontrado que después de las operaciones era necesario una reeducación alimentaria y, en ocasiones, era necesario apoyo psicológico. Entonces yo pensaba: “Vale, entonces, si voy a tener que aprender a comer y encimar ir al psicólogo, ¿por qué narices no voy ahora y me ahorro la operación y luego tener que ir igualmente? Porque encima será más dinero.”

Durante mi tratamiento, conocí a personas que se operaron y es lo único que les cambió la vida para bien, otras que operándose lucharon mil veces más de lo que yo luché, otras que se rebelaban ante la operación como yo y acabaron sucumbiendo, otras que no se quisieron operar nunca y su camino es más difícil y otras que aún operándose volvieron a engordar más peso del perdido y la operación no sirvió para cambiar de nada de su vida, al menos de una forma permanente.

Cada uno escoge su camino, a veces sale bien y a veces sale mal. Yo escogí lo que en ese momento creí que era mejor para mí. En mis motivos para hacer click hubo una parte importante de orgullo, algo así como: “Yo he jodido mi vida, yo la arreglo. Es mía.” (Blogger no tiene censura de palabrotas, ¿no? Jajaj) Pero cada uno debe encontrar sus propios motivos para hacer ese click en su vida y cambiarla:

No importa por qué motivo lo hagas, pero ¡hazlo! Pide ayuda. Da igual si el motivo no es bueno, sino es por ti, si es por otra persona... ¡no importa! Hazlo y luego los motivos ya irán encontrando un lugar en tu vida, crecerán o desaparecerán pero lo que sí quedará eres tú curada del Trastorno Alimenticio.

¿Quieres hacer un click en tu vida? ¿Buscas una señal que te impulse? Aquí la tienes:

Blogaholicdesigns.com

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