Texto atracones

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11 julio 2014

¿Cómo sabes que no puedes?


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A lo largo de mi vida he leído varios libros de autoayuda de diferentes autores. Y de todos ellos apenas recuerdo cuatro o cinco. No es que el resto sean malos ni mucho menos sino que, para mí, un libro de autoayuda sólo tiene valor si al cerrar la última página no piensas que has acabado de leer sino que ha llegado el momento de empezar a aplicar. Si me leo un libro de autoayuda en tres días, os aseguro que pasará al olvido. Si tardo más de dos semanas, vamos por buen camino entonces… Porque significa que me he parado a reflexionar.

Uno de mis libros preferidos es del conocidísimo escritor y terapeuta Jorge Bucay. Os diré por qué es mi preferido: porque a veces, sin venir a cuento, sólo porque sí, ante alguna situación de mi vida, me vienen a la mente sus palabras o alguna de sus frases o… uno de sus cuentos. Bucay ha escrito varias novelas pero mi libro preferido es “Dejame que te cuente”, una recopilación de cuentos siempre con mensaje. El mensaje siempre está, que le toque el corazón y el alma a la gente ya depende de las ganas de cada lector. ¿Qué le vamos a hacer? Todavía conservo intacta la parte de niña pequeñita que adora que le expliquen historias.

Quiero compartir con vosotros mi medalla de oro de sus cuentos. No tiene rival. Es el primero que leí de su libro, el primero que me hizo llorar, el primero que me hizo pensar, el primero que me viene a la mente cada ciertos meses, el que siempre recomiendo, el que me inspiró… Mi preferido.


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El elefante encadenado

Cuando yo era chico me encantaban los circos y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.

Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a alguna tía por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. - Hice entonces la pregunta obvia:

- Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...

Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.

Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

Todos somos un poco como ese elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez, antes, cuando éramos chiquitos, alguna vez, probamos y no pudimos. Hicimos, entonces, lo del elefante: grabamos en nuestro recuerdo:

NO PUEDO... NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ

Hemos crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar. Cuando mucho, de vez en cuando, sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma:

¡NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ!”

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Si has llegado hasta aquí y has acabado de leer este cuento, no dejes que se te olvide, eso es lo que quieren tus miedos. Piensa… ¿cuáles son tus cadenas? ¡Etiquétalas! ¿Cuándo fue la última vez que intentaste liberarte de ellas? ¿Seguro que ahora no podrías? ¿Cómo lo sabes si no lo intentas? ¿Qué te da más miedo: no ser capaz de liberarte de tus cadenas o ser capaz de hacerlo?

Mi mayor cadena era la comida. Y “no pude” con ella muchas veces, durante años, hasta que “pude”. Por culpa de la comida había muchas cosas que “no podía” hacer, hasta que “pude”. Por culpa de la comida, no “podía” quererme, hasta que “pude”. Por culpa de la comida "no podía" disfrutar de la vida, hasta que "pude"…

En nuestro presente vivimos condicionados por los recuerdos negativos de las cosas que no se hicieron o que no se pudieron hacer. Ojalá todo lo que sí pudimos hacer en el pasado nos condicionara positivamente de la misma manera. Pero es que nosotros podemos ser siempre los mismos (o no, esto ya es meterse en filosofía heraclitiana* ) pero nuestras circunstancias son variables, el entorno lo es, cada día es diferente del anterior. Por eso, lo que ayer no se pudo conseguir, hoy a lo mejor sí se puede o quizás mañana. ¿Cómo sabemos si podemos o no? Intentándolo. Porque imagínate que lo consigues….

Os contaré un secreto… cuándo te has liberado de algunas cadenas, el resto son más fáciles. Siempre hay una más puñetera que otra, es cierto, la que está más incrustada dentro nuestro, la más oxidada, la que más nos paraliza, nos daña y nos condiciona. Pero una vez nos liberamos de esa, empieza la vida. Hay veces que me descubro pensando: “yo no puedo hacer esto, ni en broma”. Y, al momento, me viene otro pensamiento a la cabeza: “Ya dijiste lo mismo antes de otras cosas y sí que pudiste”. Y se me escapa una sonrisa…

¿Entonces? Atrévete. PUEDE. 






* Para el filósofo Heráclito todo fluye, todo cambia, nada permanece. “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”

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