Texto atracones

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25 julio 2014

Las trampas de los supermercados

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No sabes el porqué pero hay veces que tenemos días malos, estamos incómodas en nuestra propia piel, ansiosas sin saber el motivo (o sabiéndolo pero no queriendo pensar en ello) y al final acaba cayendo un atracón porque por algún lado tiene que explotar esa tensión que llevamos dentro. Por otro lado, hay días que fantaseas con lo que harás al llegar a casa, te pondrás una peli y la verás mientras cenas pizza o hamburguesas con patatas, vas picando patatas chips, bebiendo refrescos, luego de postre helado, un trocito de pastel, algunas chuches, bollería... Yo era de las planificadoras natas. Durante todo el día en el trabajo pensaba en los festines que me esperaban por la noche, como lo único bueno del día. Pero hay días que te levantas con fuerza, con ganas de cambiar, incluso a lo mejor ya estás en tratamiento por el trastorno alimenticio, haces tu vida normal, vuelves a casa del trabajo, sigues con fuerza y determinación, vas a hacer la compra, llegas a casa... ¡y te das un atracón! ¿Pero qué ha pasado aquí? ¿De dónde ha salido esto? No lo he visto venir, no me carcome la ansiedad, estaba animada y con fuerza, me sentía segura... ¿entonces? ¿qué ha pasado? ¿qué capítulo me he perdido de esta historia?

Pues pueden haber pasado un millón de cosas, al fin y al cabo cada persona es diferente y tenemos nuestros desencadenantes. Pero sí que os digo que, las personas que padecemos un trastorno alimenticio, normalmente somos más vulnerables a los mensajes relacionados con la alimentación que nos llegan de fuera. Y aquí es donde entra el tema de los supermercados, hipermercados, súpers, trampa-mercados... elíjase el nombre a gusto del consumidor.

Seguramente no os estaré descubriendo nada nuevo si os digo que en los supermercados se aplican estrategias muy estudiadas y cuidadas para vender más. Es márketing puro y duro. Hay que vender. Y el súper es uno de aquellos sitios que no puedes evitar de por vida. O te montas un huerto en casa y te autoabasteces del resto de alimentos a través de compras por Internet o la visita a los supermercados no hay forma de ahorrártela.

La cuestión es que, de por sí, un súper ya es un terreno peligroso para nosotras, pero el problema se agrava cuando te das cuenta de que, las técnicas que aplican para vender más, nos afectan de lleno a las que padecemos trastorno por atracón. Y son técnicas muy efectivas. ¡Vaya si lo son! Me acuerdo muy a menudo, incluso ahora, de la familia entera de la mente retorcida (¡malévola!) que estudió el comportamiento humano de compra para influirnos de esa manera. Y sé que son técnicas efectivas porque aún ahora teniendo una alimentación normal sin atracones, me llegan de lleno esos “trucos sucios”. Lo único que tengo a mi favor es que, como es un tema que me afecta, conozco perfectamente la mayoría de las técnicas y, al identificarlas, se reduce bastante su efecto.

Vamos, resumiendo, todo esto para decir que si algún día tengo un resbalón de mi enfermedad (esperemos que no, pero oye puede pasar...) pues al menos me consolará que sea por un buen motivo. Pero si es sin motivo, en el súper, frente a una estantería de tabletas de chocolate, me picará mucho el orgullo porque ahora ya sé como nos manipulan...

Vamos al meollo del asunto: toooodas las técnicas que he ido conociendo a lo largo de estas años. No están todas las que son, pero son todas las que están. Y algunas son letales...

   - La principal que seguro que todas conocéis: los alimentos básicos siempre están lejos de la entrada para que tengas que pasearte por todos los pasillos y acabes comprando algo más antes de llegar a los huevos, la leche, las verduras...

   -  Arma letal para las que padecemos atracones. Los artículos básicos siempre están rodeados de no-básicos y por “rodeados” me refiero a enganchados prácticamente, 'arrejuntaos'... No es posible ver uno, sin ver el otro. Es para vender más, pero a nosotras eso nos mata. Por ejemplo, el pan al ladito de la bollería, croissants, donuts, pastas, mermeladas... Si me decís que tiene lógica yo os diré que no. La lógica no es que sean harinas industriales y tampoco que sean todos los alimentos de desayuno reunidos (cada uno desayuna y merienda lo que quiere). La lógica es vender más. Leche y zumos al lado de las bolsas de patatas chips. Y el mejor ejemplo, ayer mismo en mi súper. Lo tienen todo muy ordenadito pero en el mismo estante de la sección de congelados me encuentro y por este orden: cajas de pizzas de tres especialidades, sepias, tarrinas de helado y guisantes. Yo sólo quería una sepia, pero cómo para no verse tentada...

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   - Si os fijáis, en la sección de alimentos frescos y de nevera, las luces son diferentes que en el resto de sitios. En general, predominan los tonos cálidos que invitan a comprar pero en las frutas y verduras ponen un tipo de luz que destaca la frescura de los alimentos. Tranquilas, no nos sentimos tentadas por el brillo cegador de las manzanas, ni por la apetecible textura de la peras, ni por la sexy opulencia de las lechugas iceberg, ni por las perfectas curvas de los tomates... No. Nos sentimos tentadas por las neveras que tienen el mismo tipo de luz para productos frescos: pizzas de nevera diferentes de las de congelador (tenemos un doble frente de ataque), quesos, salsas de aliño, embutidos, yogures de mil sabores, mousses de chocolate, horchatas, granizados...

   - Las tabletas de chocolate son planas, ¿por qué no apilar unas encimas de otras? Ahhh no, que queremos vender, pues las ponemos de pie, una tras otra, que así se ven mejor, parecen más sabrosas y llaman más la atención.

   - Los colores más llamativos y fuertes nos entran por los ojos, nos “gritan” desde las estanterías que los llevemos con nosotras.

   - El maravilloso mundo de las ofertas nos mata. Un simple 2x1 nos hace llegar a casa cargadas con el doble de comida de la planeada y, por lo tanto, nos lo pone más difícil a la hora de resistirnos. El día que me encuentre un 2x1 en apios y coliflores lloraré de la emoción, lo juro...

   - He leído que los precios de productos que acaban en 5, 7 y 9 causan más atracción en los clientes y favorecen la compra. Puede ser. Yo no soy consciente de ello pero está bien saberlo.

   - Cambian a menudo la ubicación de los alimentos. Así los clientes no nos acostumbramos y para buscar algo cambiado de sitio tenemos que volver a pasar por otros sitios donde podemos comprar otras cosas.

   - Y llegamos a la bomba Hiroshima de los súper: los stands de pequeñas cositas, un mucho de todo, justo al lado de los puestos de caja. Aquí pasan muchas cosas, todas juntas y no nos damos cuenta de nada hasta que es tarde. Así que, poco a poco.

     1. Estás esperando en la cola, sin nada que hacer, te aburres y acabas “picando” algo: chicles, dulces, algodón de azúcar, barritas de cereales, minitabletas de chocolate, bolsas de caramelos, bollería, pilas (si te da por comprar pilas, no te preocupes, vas bien...).

     2. Como no son cosas grandes no te sientes tan culpable: no pasa nada por una barrita de chocolate, un paquete de chicles, un donut, una pasta...

     3. Son compras por impulso: sin cuestionar, ni pensar si lo necesitamos o no, lo coges, lo añades y pagas.

     4. Inconscientemente, estos stands también actúan como “autorecompensa”. Hemos hecho una compra taaaaan buena de frutas, verduras y cosas sanas que me “merezco” un premio.

     5. Y si a todo esto le sumas las luchas internas frente a la comida que llevamos las personas con predisposición a caer en estas tentaciones pues... ¡ya se ha liado!

   - Ésta la he comprobado en las grandes superficies e hipermercados, no en los más pequeños de barrio. Baldosas más pequeñas en el suelo. Sí, sí, lees bien. Si las baldosas son más pequeñas que la medida standard a la que nuestro cerebro está acostumbrado, al caminar nos dará la sensación de que vamos muy deprisa, así que ralentizamos el paso. Y, al ir más despacio, nos paramos más a mirar los estantes y, por lo tanto, más posibilidades de comprar.

Y luego llegamos a las técnicas de márketing para vender más que, al menos conscientemente, yo creo que ni fu ni fa, no me afectan. Aunque sí reconozco que pueden reforzar el resto de técnicas más potentes que me quieren meter subliminalmente cada vez que entro en un súper.

- Cestos y/o carritos que se desvían siempre hacia la izquierda para tener la mano derecha libre e ir cargando el carro. ¿Nadie ha pensado en los zurdos?

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- Los productos más caros siempre se sitúan a la altura de los ojos. Lo mismo que siempre se escogerá la opción 1,99 € frente a 2 €. Sí, el precio es importante, pero cuando vas a tope de ansiedad al súper no te fijas mucho en los precios, sí en los colores, en los recuerdos de sabores... Preguntaros a vosotras mismas: ¿compraría antes un manojo de acelgas a 1,99 € antes que una tableta de chocolate a 2 €? Yo, desde luego, no.

- La música animada acelera las compras por impulso. Aunque la clásica se usa en comercios o zonas que venden productos de alto standing. Os diré que en el súper de mi calle, ponen reggaeton a todas horas y a toda castaña. Me resulta de ayuda, cada vez que voy a comprar, estoy deseando acabar cuanto antes,

- Control de la temperatura: aire acondicionado y calefacción a las temperaturas adecuadas.

- No hay relojes a la vista para perder la noción del tiempo durante la compra.

- Los pasillos suelen ser estrechos, que prácticamente pasen rozándose el que va y el que viene, así se circula más lento, te paras más y más oportunidades de comprar.

Sabiendo todo esto que os acabo de explicar, ya vais con mucho más conocimiento y muchísimo más preparadas al súper a comprar de lo que va la mayoría de la gente. Pero aún así, os explico mis técnicas cuando me toca hacer la compra. Son una especie de mezcla entre lo aprendido en terapia y las opciones que tengo al alcance de la mano para no colocarme en una situación todavía más vulnerable frente a estas técnicas de márketing utilizadas.

Mis truquillos

   - Suelo ir a hacer la compra los sábados por la mañana o por la tarde. Sin prisas, con una lista hecha y todo planificado. Entre semana, sales corriedno del trabajo, tienes que hacer recados, vas al súper y al final acabas pillando lo primero que ves... Los sábados es cuando hacen la compra la mayoría de las señoras (¡queridas marujas, mi madre incluida!), así que ligar no ligaré con ningún tío soltero buenísimo que esté comprando cervezas (¡toma topicazo sexista!) pero al menos compro más cómoda y con la calma porque no se acerca la hora de cerrar.

   - Siempre voy a hacer la compra después de desayunar o de tomar un tentempié. ¿Sabéis lo que siempre dicen que no se tiene que ir a hacer la compra con el estómago vacío porque compras más? Desgraciadamente, es cierto. Lo he comprobado. Un día me sentí tan segura de mi tratamiento que hice la prueba (si es que cuando voy de chula y confiada, me la acabo pegando): fui a comprar después de merendar un viernes (todo bien) y al día siguiente fui a las 14h más o menos, justo antes de comer. Salí casi corriendo del súper, de cómo me afectaba. Simplemente por hambre, el cerebro me jugaba una mala pasada... “Mira los chocolates, llevas X meses sin atracones, por uno no pasa nada, hace un montón que no comes de esto...”. Yo, no me la he vuelto a jugar, os lo aseguro.

   - Cuando entre semana voy a comprar cosas frescas que me faltan, nunca cojo cesto ni carro. Lo que quepa en las manos. Y así seguro que compras menos. O eso o puedas intentar hacer equilibrios en plan malabarista.

   - Nunca jamás de los jamases de toda la vida bajo ningún concepto del mundo mundial (¡que no!) acepto demostraciones de alimentos. Me da igual quedar como una borde o antipática con quién me esté ofreciendo un trozo de degustación de queso o embutido. Ese simple “trocito de nada” actúa como aperitivo en el estómago, es el pistolezao de salida. El estomago con ese minúsculo aporte se cree que se van a ingerir más alimentos con lo cual empieza ya a segregar sus líquidos y ácidos... para nada. Por eso, luego nos pide más alimento. Pero a esas alturas, nosotras ya nos estamos muriendo de hambre y con la ansiedad viento en popa a toda vela.

   - Cuando estoy haciendo cola me invento las mil y una para entretenerme: estoy con el móvil, mirando la compra de los demás, leyendo etiquetas... lo que sea. Pero no miro los stands de pequeñas cosas. Es cansarse inútilmente el mirarlos y obligarte a no coger nada. Mejor obviarlos, no existen, se evita la mirada.

   - Cuando me cambian las cosas de sitio en los súper no me mareo dando vueltas. Al primer empleado que encuentro, le pregunto, y así ya voy directa sin pasear a lo loco por pasillos y pasillos de tentaciones.

   - El tema de chocolates, bombones, pastas, bollería y demás es el más delicadito de este asunto. Resulta que yo puedo (¡y debo!) comer absolutamente de todo y sí, de vez en cuando, como bollería. Lo he normalizado, lo disfruto... Y ésta es la forma en la que compro. Da igual que no mire, me sé de memoria todos los tipos de chocolates, y pastas que hay en los súpers (de años comprando, de pasar cada semana por ese pasillo aunque lo ignore, de verlo...). Así que antes de entrar al súper lo visualizo todo y pienso bien qué es lo que me apetece. Una vez decidido, entro, lo compro y salgo. No miro el resto. Porque si llego delante de la estantería y empiezo a pensar “¿qué me apetece?” mirándolo todo, ya la hemos liado, ya que lo realmente apetecible es pegarle un mordisco a cada cosa y no mantienes la cabeza fría. Lo mismo si algún día me apetece cenar pizza. Ni en broma me paro delante de cajas y cajas de pizzas esperando saber qué quiero o que se me revele mi futura cena como una aparición divina. Alguna vez hacía eso y ¿sabéis cómo acababa? Con dos pizzas en casa porque no me había podido decidir (la teoría era comer sólo un trocito de cada... nunca pasaba), con croquetas (para acompañar), con helados (porque estaban en la misma estantería), con bolsas de patatas que venían de oferta al comprar dos unidades de pizza y con un granizado, porque la nevera estaba al lado de los congeladores del súper.

Todos los establecimientos de alimentación utilizan estas técnicas en mayor o menor medida, de forma más agresiva o menos, pero todos lo hacen. Todos. ¡Pero si hasta el paki de la esquina de mi calle, pone las samosas envasadas en el mostrador, al lado de la caja para pagar!

Pensad también vosotras en vuestros súpers. ¿Con qué cosas os quieren hacer compras más? ¿Cómo os buscan, cómo os provocan? Luces, disposición, colores, precios... está todo estudiado. Y para las que sufrimos trastorno por atracón, este “escenario montado” puede actuar como palos en nuestras ruedas porque nos pone todavía más difícil nuestra lucha diaria. Así que sobre todo información, ya sabemos de qué pie cojean y cuáles son nuestros puntos débiles. Con lo cual...

¡no nos dejemos tentar!

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