Texto atracones

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22 agosto 2014

Lluvia de estrellas

Antena 3
Hace algunos años había un programa en la televisión española llamado “Lluvia de estrellas”, básicamente era como el actual “Tu cara me suena” y había algo que me fascinaba de una manera increíble. Los concursantes se metían en una especie de cabina con su aspecto actual y, cuando las puertas del cubículo se abrían, ya encima del escenario, salían transformados en el o la cantante que iban a imitar: ropa, pelo, maquillaje, gestos... El público aplaudía, les vitoreaban, les gritaban “¡guapo!” o "¡guapa!" y desde casa se nos desencajaba la mandíbula viendo la transformación que les habían hecho. Yo creo que veía el programa sólo por esos momentos independientemente de lo que pasara después.

Y me imaginaba a mí misma. Soñaba que con mis 125 kilos me metía en esa cabina y de repente aparecía encima de un escenario con una música de fondo, humo creando un halo de misterio, las puertas se abrían y aparecía yo delgada, guapa, feliz, delante de todos mis amigos, familiares y desconocidos. Era un programa de TV pero en la vida real fantaseaba con lo mismo. Soñaba con adelgazar, ser guapa, feliz, segura, la más popular y de repente aparecer en una fiesta donde no me habían visto desde hace meses y deslumbrar a todo el mundo que no podría ocultar su admiración.

Bueno, oye, sueños tenemos todos y el 99% de los míos se basaban en el físico. De hecho, hay más. En mis peores momentos, esos que todas conocéis, tras un atracón especialmente fuerte por la noche, te vas a dormir, empiezas a dar vueltas en la cama, no concilias el sueño lógicamente de la cantidad de azúcar que llevas en sangre, buscas posición cómoda y no encuentras porque tienes un dolor de barriga impresionante y con retortijones, empiezas a ser consciente de lo que acabas de hacer... y se te escapan las lágrimas. En esos momentos, yo sólo pensaba una cosa. Y lo deseaba con el mismo ímpetu que un creyente le reza a Dios o igual que un niño desea convertirse en su ídolo. Yo sólo anhelaba: “Quiero ser delgada únicamente un día de mi vida. Quiero saber lo que se siente al atraer a hombres, al ponerme un vestido muy corto de verano, al caminar por la calle con seguridad, al cruzar las piernas en un asiento del metro, al posar para una foto sin ponerme azul de aguantar la respiración para meter barriga... ¡Haría tantas cosas en esas 24h! Sólo un día, luego vuelvo a mi existencia desgraciada y obesa, pero sólo un día...”

Las personas que seguís mi Facebook ya habréis visto que me encantan las historias que publico del “Antes y el después” en cuestiones de peso o maquillaje, así que algo de esa época todavía se me ha quedado.

Cuando empecé mi tratamiento del trastorno por atracón iba con esa idea impregnada en la piel. A pesar de que iba perdiendo peso, no me compraba ropa esperando mi gran “aparición” frente a la vida. Y tenía la misma actitud con el resto de cosas, no quería enfrentarme a todo lo que me daba miedo porque ¿para qué lo iba a hacer? Si cuando adelgace será más fácil. Reconozco que volvía un poco loca a mi psicóloga intentando retrasar MI VIDA hasta que yo considerara que había conseguido el peso que quería. Por ejemplo, ¿por qué me tenía que enfrentarme a ir a la playa sola y en biquini con 100 kilos cuando con 70 kilos no sufriría tanto? Pues mejor me espero, ¿no? Pues no. Porque el trastorno por atracón no se trata de comida, ni de adelgazar, se trata de utilizar la comida para vivir la vida. Y eso es lo que yo estaba haciendo de nuevo: usar la excusa de mi futuro peso saludable para retrasar vivir.

Lo cierto es que si hubiera esperado para hacer cosas ahora mismo estaría saturada, desbordada y todavía enferma. Porque no se trataba sólo de conseguir un peso saludable, sino un estado mental saludable y ambos aspectos son graduales, no pasan de un día para otro ni de un mes para otro. Así que a la mierda la lluvia de estrellas. Con 115 kilos me apunté a clases de esgrima (¡pánico atroz a que el traje no me cupiera... me cupo), con 100 kilos fui por primera vez sola a la playa y en biquini, con 95 kilos me puse extensiones de pestañas (no es absurdo, es algo que siempre quería, pero con 95 kilos no iban a llamar la atención, en cambio con 70 kilos sí, pues no, me las puse entonces), con 90 kilos empecé a ir sola al cine cuando no tenía con quien ir, con 85 kilos empecé a salir de nuevo a discotecas y retomé el baile (me apunté a bollywood, salsa...), con 80 kilos empecé a sentirme confiada para recuperar el tiempo perdido con los hombres, ya sabéis por dónde voy... Pues imaginaos vivir todo esto junto en un solo mes. Hubiera estado preparada físicamente pero no mentalmente. Porque cada batalla fue durísima: reconocer los miedos, ponerles nombre, verbalizarlos, racionalizarlos, armarme de valor y, finalmente, enfrentarlos. Y os he mencionado sólo algunos de mis mayores obstáculos pero había montones de ellos, cada día. Y todos daban en la diana de mis inseguridades y miedos.

Obviamente no hubo una gran aparición pública con mi nueva imagen sino un goteo constante y gradual de comentarios de familiares y amigos sobre mi pérdida de peso y que no sabían nada de mi trastorno. Y debo decir que algunos eran muy crueles, aunque no fuera su intención: “¡estás más delgada! Ahora sí que estás más guapa”. Más de uno se merecía un bofetón con la palma abierta y luego unas clases de educación.

Aunque menos, porque cada vez mi perdida de peso es menor y más lenta, sigo recibiendo comentarios de personas de mi “nueva vida” que se dan cuenta de que he adelgazado. He perfeccionado el torearme esos comentarios y hacer broma, porque para estas personas que me conocen desde hace unos meses sólo soy una chica que quizás estaba rellenita y ha perdido algo de peso. Y eso es lo que quiero ser. No todo el mundo tiene que saber de dónde vengo ni que sigo unas pautas alimentarias incuestionables. Ahora me siento normal. Sigo siendo tan normal como con 125 kilos pero ahora ME SIENTO normal. Y ese sentimiento no surge de la pérdida de peso corporal sino de la pérdida de peso mental.

Este mes de agosto, en mi afán por llenar vacíos (sí, está siendo durillo, me cansa mucho usar tanta fuerza, ya os lo contaba en mi anterior post) he vuelto a releer dos libros que me encantaban hace años. Me los sabía casi de memoria, me imaginaba que yo era la protagonista, soñaba con serlo, fantaseaba con mil y una variantes, me los leía cada mes de nuevo, los usaba de motivación... Pero esta vez ha sido diferente, no me han dado el mismo placer, de hecho, hasta me he saltado páginas enteras. La inverosimilitud siempre ha estado en sus páginas pero antes me negaba a verla y me la creía a pies juntillas. Ahora no puedo ponerme una venda en los ojos. Estos libros eran sólo sueños, yo he tenido que vivir la realidad. Y ha sido mucho más dura, lo sigue siendo, pero al menos ha sido mi historia, no la de otros.

                                       

- "Los patitos feos también besan" de Jane Green es un cuento de hadas con todos los tópicos de principio a fin. Ésta es la sinopsis:

“Jemima Jones está gorda, muy gorda. Sus delgadas compañeras de piso la tratan como a una criada y su maravillosa, delgadísima y guapísima jefa en el Kilburn Herald, mucho más tonta que ella pero mejor pagada, actúa como si Jemima fuera su sierva. Si a esto le sumas que está loca por su encantador, sexy e inalcanzable colega Ben, la conclusión es que la vida de Jemima necesita un cambio. Cuando conoce a Brad por internet le llega la oportunidad de reinventarse: será la felina, guapa, gimnasio-adicta y glamourosa JJ. Su Romeo a larga distancia no tarda en pedirle una cita.
Esta novela es la crónica de una búsqueda: la de la mujer que Jemima siempre quiso ser; un viaje en el que aprenderá un montón de lecciones sobre la atracción, la adicción, el significado del verdadero amor y, finalmente, sobre quién es ella misma.”

Es difícil hablaros de este libro sin desvelaros el final pero hay cosas que chirrían, y muchísimo. Antes de pasar por terapia me las tragué todas pero después me río yo de la frivolidad y falta de conocimiento con el que se trata el tema de la pérdida de peso. Apenas un par de párrafos hacen referencia al calvario que suponen determinadas situaciones y tampoco se ahonda en el sufrimiento que producen.

- "El club de las golosas" (el traductor del título se ha cubierto de gloria, el original Big girls don't cry) de Francesca Clementis se salva un poco más.

“Marina ha pasado la mayor parte de su vida de dieta en dieta y de atracón en atracón. No hay dieta que no haya seguido o tipo de chocolate que no haya probado. Una experiencia que no tiene nada de divertido. Marina tiene 31 años, pesa casi 100 kilos y está desesperada. Invisible a los ojos del género masculino o por el contrario demasiado evidente, se une a una asociación de “gorditas felices”. Pero un día el atractivo científico David Sandhurst le lanza un salvavidas. Acaba de descubir una sustancia milagrosa que hace perder peso sin necesidad de régimen ni ejercicio. Tan sólo necesita probarla.
La joven acepta servir de cobaya y a partir de ese momento su vida cambia por completo. Rápidamente empieza a perder peso y a ganar confianza. Le dice adiós a todos esos kilos de más y da la bienvenida a su nueva vida de delgada y también a una serie de nuevos problemas que no imaginaba...”

Sin duda de este segundo libro destacaría algunos de los preceptos de las 5F, la asociación de aceptación del peso que mencionan en el libro. Remarcable también la historia de Teresa, una de las secundarias, da que pensar... No se escatima en detallar uno de los atracones de la protagonista ni en cómo la flacidez es una realidad ineludible, ni tampoco en cómo creemos que una pastilla milagrosa nos va a solucionar la vida. Pero, por mi parte, me quedo con un tema que se trata de pasada pero al menos se menciona y se hace visible: la inquietud y “descoloque” que vive un hombre que se siente atraído por una mujer con obesidad, en la sociedad en la que vivimos.

Quedan menos de dos semanas para que acabe agosto pero aún hay tiempo por si alguna queréis echarle un vistazo a alguno de estos libros y luego contarme qué pensáis. Se os está permitido soñar pero con los pies siempre en la tierra.

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