Texto atracones

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29 agosto 2014

Ssshhhhhh… Todos tenemos secretos


Freepik
Mi horario para comer en el trabajo es sólo de media hora pero todos los jueves me acabo la comida en prácticamente 15 minutos y luego me salgo a un banquito que hay delante de mi trabajo, en una avenida enorme. Ahí me siento tranquilamente, me fumo un cigarrillo y la espero a ella…

La descubrí un jueves por casualidad y desde entonces todas las semanas, el mismo día, estoy pendiente de cada uno de sus movimientos. Me he convertido en una espectadora fascinada por su secreto. Ella siempre llega sobre la misma hora. Es una mujer mayor, de unos 70 años, mejor conservados que unos 30, se baja de un coche conducido por un hombre (¿hijo? ¿yerno?) y se despide con besos y abrazos de los niños que van atados en las sillitas de atrás (¿nietos?). Siempre va vestida perfecta: suele llevar faldas o vestidos acompañados con unos tacones altísimos con los que le cuesta no sólo salir del coche sino también caminar un par de metros. Lleva el pelo intacto de peluquería, rubia con el pelo muy cortito, con las ondas muy marcadas y bien fijado porque ni siquiera en los días de aire se le mueve un pelo. Y, por supuesto, siempre maquillada. Suele llevar gafas de sol y así destacan los labios pintados de rojo pero alguna vez ha ido sin ellas y lleva los ojos perfectamente sombreados.

Esta fascinante señora se baja del coche, se despide de los niños y se dirige a un edificio que hay al lado de mi trabajo, llama a un timbre del interfono, le abren la puerta, mientras el coche arranca y se va, y entra en la portería. Pero vuelve a salir siempre al cabo de no más de dos minutos. Absolutamente siempre sale de la portería con precaución, mira a lado y lado y se detiene un poco más en el semáforo a lo lejos (no vaya a ser que el coche siga ahí parado) y cuando queda claro que el camino está libre, sale taconeando sobre la acera y se dirige a otro sitio. A uno que está a menos de cincuenta metros en la misma acera. El bingo. Uno de los más grandes de Barcelona y que está al lado de mi trabajo.

No os podéis ni llegar a imaginar la de historias que he llegado a crear en mi mente: la de la ludopatía la descarto ya por insulsa. Lo que más me gusta imaginar es que ese bingo es el lugar secreto donde se reúne con un antiguo amor de juventud que acaba de reencontrar por casualidad. Los dos están casados, con hijos ya crecidos y nietos. Ni siquiera es una posibilidad estar juntos a estas alturas del camino y crear una hecatombe en sus familias respectivas. Así que lo que hacen es “arañarle” unas cuantas horas a la semana a sus vidas para envolverse en su propia burbuja de felicidad.

Aunque irreal, a mí me gusta más mi fantasía hipotética que saber la verdadera razón por la que la mujer finge ir al podólogo (¡sí! me he acercado a mirar a qué timbre llamaba) y luego se va al bingo.

El caso es que seguramente esta mujer lleva una vida normal y corriente durante la semana pero los jueves… los jueves hace uso del engaño para tener su momento sea el que sea. Los jueves yo he descubierto su secreto.

Todos tenemos secretos, más grandes o más pequeñitos. Y en este tema, el tamaño sí que importa y mucho (¡ah! ¿qué en otros temas no importa?). Hay secretos que si no los sacamos a la luz nos acaban quemando por dentro, nos corroen como termitas y no es que nos amarguen es que nos destruyen la vida. Una persona gay que finge su heterosexualidad está acumulando boletos de infelicidad guardando su secreto. Alguien con alcoholismo está permitiendo que su secreta adicción le destruya después de cada trago a escondidas. Un hombre o mujer con una doble vida podrá sobrellevarla más o menos tiempo pero al final le acabará pasando factura. Y lo mismo con las personas que padecemos un trastorno alimentario.

Un trastorno alimenticio, sea el que sea, es uno de aquellos secretos que no deben esconderse dentro de uno mismo porque se fortalecen con el silencio y la evitación. Nos escudamos tras la vergüenza a reconocer lo que sucede para justificar el no pedir ayuda. Ignoramos que, en verdad, lo que nos tragamos son los sentimientos, tras cada atracón y lo maquillamos todo con un “no pasa nada, a partir de mañana comeré bien”. Ya, y a partir de mañana ¿también te querrás mejor? ¿también te cuidarás a ti mismo? ¿también te enfrentarás a tus sentimientos?

En el caso de la alimentación es imprescindible no guardarse el secreto. Si te lo guardas, crece y se agrava. Si lo expones a la luz y buscas ayuda empieza a debilitarse y es por una razón muy sencilla, porque al enfrentarte cara a cara a este problema empiezas a conocer tus debilidades, tus miedos, les pones nombre y los enfrentas. Luchas cara a cara contra “algo”, empiezas a conocer causas, a controlar momentos de debilidad, a debilitarlo porque ya lo ves venir... Pero si está escondido, ¿cómo sabes a lo que te enfrentas?

Yo llevaba guardando mi secreto unos 10 años hasta que me “pillaron”. Cuando alguien me pregunta sobre el momento más incómodo de mi vida siempre pienso en ése. Lo recuerdo y aún me pongo roja como un tomate de la vergüenza que pasé. Yo tenía unos 21 años, era viernes y había pasado la tarde con mi novio en casa de mis padres (la casa vacía, oooobviamente) y cuando él se fue porque se tenía que ir a trabajar de noche en la fábrica en la que estaba, yo esperé un tiempo prudencial, unos 10 minutos y salí a la calle. Buscando algún sitio donde comprar chucherías. Lo encontré. Un quiosquito de estos verdes que ponen en la calle al lado de los parques de niños. Hice mi compra que obviamente me pusieron en una bolsa de las grandes de todo lo que había comprado: bolsas de patatas, chocolatinas, chucherías, chicles, chupa chups… Pagué, di media vuelta para volver a casa y… escena de película (de terror): mi novio detrás de mí esperando que acabara de pagar para preguntarme qué hacia ahí.

Yo le di un nuevo significado a la palabra enmudecer, me quedé blanca, roja o azul, no lo sé pero él estaba súper calmado preguntándome que qué hacía ahí. Y como yo no le contestaba, sólo le miraba muerta de miedo, él iba hablando: que imagínate qué sorpresa cuando salgo de recargar el móvil (antes los contratos de telefonía eran sólo para pijitos) para poder hablar contigo esta noche (qué detallista) y te veo aquí comprando golosinas, ¿dónde vas? ¿has quedado con alguien? ¿vas con amigos? ¿por qué no me lo has dicho y bajábamos juntos? ¿has quedado con otro chico?  Y yo muda. No soy capaz de recordar todas las hipótesis que barajó aunque seguía calmado pero nunca se le ocurrió que todo ese arsenal de azúcar era para mí. Nunca.

Bueno, acabé confesando que era para mí. Pero no confesé que llevaba haciéndolo durante años. Y pasó lo peor que podía pasar. No, no me dejó. Lo peor que nos puede pasar es que alguien no le dé importancia porque ahí ya tenemos una excusa perfecta para no solucionar nuestro problema. Mi novio pensó que yo simplemente era golosa y que me daba vergüenza que alguien me viera comer tantos dulces. Esa fue la primera vez que mi secreto salió a la luz pero lo volví a tapar porque una persona “normal” me había dicho que no era un problema. Craso error. Mi secreto no volvió a salir a la luz hasta bastantes años después cuando busqué ayuda. Y para entonces ya era un secreto que me había dejado muchas cicatrices por dentro.

Todos tenemos, no lo dudes: secretitos íntimos que jamás contaremos a nadie, secretillos a voces, secretos que contamos sólo a un grupo reducido de amigos, secretazos que sólo conocen nuestras parejas o familiares y secretos XXL (y nunca mejor dicho) que o los sacamos o nos gobiernan la vida. Y no podemos permitir eso. Catalogad vuestros secretos y valorad si el guardarlos os hace más daño que bien.


¿Os cuento uno de mis secretos (uno más ya puestos…)? A la que se ría le envío un virus en el siguiente post jajaja Pues yo de pequeña quería ser una chica Telecupón y me pasaba horas paseándome por el pasillo de mi casa caminando en plan sexy, con una pelota de golf en la mano con un número pintado, sonriendo, haciendo posturitas y diciendo el número en voz alta. Este secreto me lo podía haber guardado (y me los hubiérais agradecido, lo sé…) y no hubiera pasado nada. Pero cuando un secreto toma las decisiones en tu vida… desnúdalo, sácalo a la luz, no dejes que se siga escondiendo detrás de tus miedos porque es de ellos de los que se alimenta.

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