Texto atracones

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08 agosto 2014

Verde de envidia


 

¿En qué soy la número 1? En nada. Por suerte…

Hay una línea muy fina entre la envidia sana y la mala (la que te pone verde, que no es un color que favorezca a todo el mundo). La envidia mala es la que hemos tenido todas las personas en algún momento de nuestra vida hacia alguien: nos sentimos desdichados, rabiosos, enfadados, tristes… porque otra persona tiene lo que nosotros querríamos tener. O… aquí viene la parte importante, ES de la manera que a nosotros nos gustaría ser.

La envidia sana, por otro lado, la solemos sentir a menudo por personas allegadas o a las que queremos. Y mezcla a partes iguales envidia y admiración, así que todavía nos podemos alegrar de corazón por la otra persona.

La cuestión es que mientras la envidia a secas nos corroe por dentro y se puede exteriorizar mediante una crítica feroz a la otra persona, vamos que la ponemos de vuelta y media, la envidia sana es positiva, a mi parecer, porque nos sirve de acicate y nos espolea a mejorar.

Además, la envidia siempre suele estar fuera de contexto. Es un sentimiento irracional que no nos permite ver las cosas en perspectiva. Por ejemplo, un extremo de estas situaciones: una persona que ve como su vecino cambia de coche cada dos años, siempre uno nuevo, y él todavía viaja en una furgoneta de segunda mano con más años que Matusalén y que cada año pasa la ITV de milagro. Pues claro que ese hombre sentirá envidia.

Ahora bien, si ese “envidioso” analiza bien la vida de su vecino, quizás descubre que el buen hombre cambia de coche cada dos años porque es uno de los pocos caprichos que se puede permitir: trabaja más de 12 horas diarias en una empresa donde le exprimen, no tiene tiempo libre para dedicar a su familia y a sus hijos, todos sus esfuerzos se van en prosperar en el trabajo que tal como está el país y con la crisis que hay que hay… Entonces, ¿el “envidioso” estaría dispuesto a invertir dinero, muchísimo tiempo y esfuerzo en conseguir lo que tiene su vecino? Depende de él, pero desde luego es mucho más cómodo (¡y frustrante!) sentir envidia sin cuestionar.

¿Y un ejemplo de envidia sana? Cualquier niño que tiene un ídolo del deporte y se esfuerza día a día en parecerse a él. Ese niño quiere lo que otro tiene y está dispuesto a hacer el mismo esfuerzo para conseguirlo.

Hace un año más o menos tuve una conversación con una amiga. Yo le explicaba (más bien le lloraba desde mi posición de víctima recién salida del trastorno por atracón) que me sentía súper mal en mis clases de salsa. Porque yo acababa de empezar y tenía mucho ritmo, todos me lo decían, pero había dos o tres chicas que eran simplemente geniales. Y yo por mucho que lo intentaba no conseguía moverme como ellas. Y si a eso le sumabas que encima yo me comparaba físicamente con ellas… Yo quería ser la mejor, quería bailar como ellas, ser la número uno.

Y mi amiga me puso el ejemplo de Rafa Nadal, a mí el tenis ni fu ni fa, pero sabía quién era. Él es el mejor en lo suyo, es un campeón, uno de los grandes y creo que ya ha hecho historia: le ha dedicado años, esfuerzo, pasión y tiempo al área en la que él quería ser el mejor. Si yo quería ser la mejor en salsa es lo que tenía que hacer. Me lo pensé… y decidí que no. Prefería sentir envidia pura y dura si no me hacía mucho daño, claro.

Pero ser la mejor en salsa hubiera significado dedicarle todo mi tiempo libre, ¡y yo quería tener otros hobbies!; invertir mucho dinero en clases, ¡y yo también quiero gastarlos en vacaciones, cenas con amigos, ropa…!; hacer un esfuerzo físico impresionante y bueno, yo ya tengo 34 años, hay parejas de baile que compiten hasta los 40 sin problemas, ¿pero realmente me quería pegar ese tute en una disciplina de competición?... y un sinfín más de razones. Es decir, yo quería lo que otras chicas tenían pero lo quería sin el esfuerzo que acarreaba. O sea, “quiero eso, ya, ahora, sin causas ni consecuencias”. Envidia de la mala… 


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El problema con el que a mí me cuesta más lidiar es con la envidia (mala, mala, malísima) que siento con la forma de ser de las personas, no ya tanto con lo que tienen. Envidio a las personas carismáticas, capaces de ser el centro de atención y de mantenerla mientras hablan. Envidio a los que tienen capacidad de liderazgo y son ambiciosos. Envidio a las chicas con carácter, con las ideas claras, que son capaces de expresar sus opiniones de forma directa y contundente sin importarles lo que piensen los demás. Envidio a las mujeres que van tras los hombres que quieren y los consiguen. Envidio a las que atraen sin proponérselo ni ir a buscarlo. Envidio a las que son dulces y tiernas y no necesitan ir tras chicos porque ellos siempre les van detrás. Envidio a las pasotas que les da igual todo. Envidio a las tranquilas. Envidio a las guerreras. Envidio a las personas fieles a su ideales y consecuentes con ellos… Sí, soy una jodida envidiosa. Y el reconocer eso desnuda a gritos mis inseguridades.

Imaginaros que yo pusiera esfuerzo en ser idéntica a cada una de esas personas… ¡qué pérdida de tiempo y de personalidad! En estos casos no me fijo tanto en las causas que han llevado a determinadas personas a ser como son sino en las consecuencias que les acarrea.

Y el post de hoy viene a colación de una compañera de clase de baile a la que tengo cruzada desde hace meses y que justamente ayer coincidimos en la sala donde voy a bailar. Meeeeec, ¡alerta de envidia activada! Ella es súper sencilla, tontina, ingenua, guapeta pero no espectacular, nunca se maquilla, va siempre medio despeinada, despistada del todo, no es capaz de seguir el hilo de una conversación, pregunta las cosas dos y hasta tres veces porque está en su mundo, no tiene iniciativa, siempre hay que tirar de ella, va cambiando de opinión según con quién habla, una voz siempre bajita y monótona, busca mucho la aprobación de los demás, muy insegura, desprende vulnerabilidad… Y sí, alta y delgada. ¿Y qué le envidio? La capacidad de atracción que tiene: los chicos se acercan a hablar con ella, intentan ligar con ella, las chicas que no la conocen la ven como una buena chica, muy maja…

Aquí da igual como haya llegado a ser como es o cuáles son sus limitaciones y cuáles las mías. Yo me fijo sólo en la atención que ella consigue, en la imagen agradable que proyecta y en cómo todo el mundo se quiere acercar a ella y eso es lo que me reconcome por dentro. Es desde hace poquito que me he empezado a dar cuenta de que yo no quiero ser como ella. He cambiado de opinión… Y lo he hecho porque me he dado cuenta de que aunque mataría por recibir la atención que ella recibe, no estoy dispuesta a renunciar a partes de mi personalidad que me granjearían mayores simpatías. No quiero renunciar a mi ironía, ni a mi lengua afilada, ni a decir lo que pienso, ni a una buena discusión sobre lo que sea argumentando mis puntos de vista, ni estoy dispuesta a reírme con risitas tontas cada vez que algún chico intente ligar conmigo con comentarios vulgares, ni quiero renunciar a que se me note cuando alguien me cae bien o mal (y creedme se me nota mucho) ni a que me den un buen corte de vez en cuando porque me he pasado de la raya… Y tampoco estoy dispuesta a estar más delgada como ella si eso supone atraer más atención pero a costa de pasar por un quirófano para “arreglarme”.

Así que sí, siento envidia y mucha, de muchas personas. Pero también tengo la capacidad de centrarme y ser consciente para racionalizarla si veo que me afecta demasiado.

Quizás tendríamos que recordar que ser la número 1 en algo, además de imposible porque siempre hay alguien por encima de ti, significa renuncias. Siempre. Ser el más guapo significa renunciar a que valoren de primeras otras cualidades tuyas, ser el mejor en un deporte o hobby significa renunciar a una parte de tu vida para entregársela a ese área, ser la persona más dulce del mundo significa renunciar a tu derecho a ser una borde cuando te apetezca… Ser el mejor en algo significa vivir siempre con miedo a que haya alguien mejor que tú. Y lo hay. Así que sí, yo no soy la número 1 en nada. Prefiero tener un poquito de todo que un mucho de sólo una cosa. Pero siento envidia, ¿qué le vamos a hacer? A veces de la buena, a veces de la mala.

Os dije que el post de hoy surgía después de haber ido ayer a bailar bachata. Es cierto, pero además de encontrarme con “doña-objeto-de-mi-envidia” me pasó otra cosa. La pasé por alto en su momento pero al llegar a casa, le he dado su justa importancia, porque es grande y yo la había obviado, como siempre minimizando las cosas buenas que nos pasan. Me sacó a bailar un chico (¡yo ni me acordaba de él ni de su cara!) y mientras bailábamos me dijo: “a ti te voy a sacar siempre que te vea por aquí, porque hace unos meses ninguna chica quería bailar conmigo porque yo sólo llevaba un mes de clases y tú me sacaste y me dijiste que no me preocupara si no sabía que ya iría cogiendo confianza. Y tenías toda la razón, fue muy importante para mí”. Es que algunos son de un sentido… Fuera bromas, ¿sabéis por qué no le di importancia a ese comentario? Porque yo estaba pendiente en esos momentos de dónde estaba la “otra”, con quién bailaba o quién se le acercaba. Muy mal por mi parte. Pero reflexión hecha y lección aprendida. Os lo prometo.

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