Texto atracones

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05 septiembre 2014

Cuando el rechazo es algo más que un NO

Aviso pre-lectura del post: tengo una semanita intensa, acabo de salir de un agosto duro, llevo dos días con fiebre y un constipado “mocosil” de órdago y además estoy pre-menstrual. Si esperáis leer un post equilibrado y nada sentimental o llorica mejor esperad al de la semana que viene. Quién avisa...


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Se ha acabado ya el mes de agosto. Adiós muy buenas y hasta el año que viene. Ha sido duro de narices, bueno igual que todos los anteriores, pero ya se ha superado. Así que no vale la pena hablar más de él... hasta dentro de 11 meses. Aquí estamos, ahora mismo, en septiembre. 

Llevo unos días fantásticos (ironía modo play) y, como que la lucha diaria contra los atracones no es dura (ironía modo replay), pues sin saber cómo he empezado inclusa a filosofar sobre las cuestiones de la vida. La ética, la moral, nuestra forma de vivir la vida, actitudes y aptitudes de cada uno... Todo un batiburrillo de argumentos e hipótesis que no sirven para mucho más que para vaciar la caja de paracetamol de mi casa, de los dolores de cabeza que me he ocasionado yo misma.

La cuestión es que esta semana han ocurrido tres cosas que me han hecho pararme a reflexionar todavía más y pensar que no voy por el buen camino en algunos temas. Soy Tauro y, además, dura de mollera por hobbie y por vicio, por eso eran necesarias tres. A la primera la llamé revelación, a la segunda casualidad y la tercera ya fue catalogada como “vale ya, ¿no?”.

PUES LA PRIMERA. El domingo pasado tuve una cita (que suenen los clarinetes, está llegando la banda municipal y el alcalde para dar un pregón de felicitación porque esto no ocurre a menudo). Y recordad que en estos temas yo llevo un retraso emocional importante por los años que estuve enclaustrada en casa absorbida (engullida más bien) por mi trastorno. Como la cosa se planificó el mismo día (tranquilas nenas, que me hice la dura, una cosa es no tener práctica... pero la teoría “seduccionil” la controlo, siempre veo los documentales de la 2 del apareamiento de las mantis religiosas). El caso es que, como fue todo rápido, no me dio tiempo a prepararme mentalmente para algo que me cuesta, ni tiempo de merendar me dio, éste sí fue un fallo grave, porque las pautas son intocables. Así que mi nivel de ansiedad ya iba por las nubes cuando a los 10 minutos de cita el susodicho me suelta: “oye, relaja un poco, ¿no? que estás de un agresivo... como si tuvieras un muro delante para que nadie se acercara.” ¡Zasca! Bofetón emocional en el primer set de partido. Y la de terapia que me podría haber ahorrado si me hubiera encontrado a este figura antes...

Me relajé el resto de la cita, o fingí que lo hacía y coló, hasta que llegamos al momento culminante (no, sexo no, las mantis religiosas no hacen esas cosas a los 20 minutos, se esperan a los 25...) me empezó a contar algunos capítulos de su vida. Me obnubilé, se me quedó esta cara de alucinada de la foto mientras escuchaba las palabras que me llegaban de su boca: 

“empecé a bailar salsa como tú...”
“hice cosas que no están bien...”
“iba de chulo en las salsotecas”
“sólo quería presumir de chica buenorra con la que bailar”
“me encantaba exhibirme”
“sólo-sacaba-a-bailar-a-las-tías-buenas” (no es mi estilo de señorita sacar espumarajos por la boca pero poco me faltó)
“sé que estaba mal, pero me arrepiento...”
“en verdad, sufría en esa situación” y bla, bla, bla.

No lo pude evitar, le salté encima (que noooo, ¡malpensadas! verbalmente hablando): “¿disculpa? ¿que tú sufrías? La que sufría era la chica normal que estaba sentada y quería bailar pero veía como los cabrones como tú sólo sacaban a las tías buenas recauchutadas que no sabían ni hacer el paso básico”.

Sí, me calenté un poco (¡¡un mucho!!) pero ya os conté en un post lo duro que fue para mí entrar en este mundo de la salsa tan superficial muy a menudo.

Aquí el señorito tuvo al menos la santísima decencia de decirme que era cierto y que se arrepentía, hasta que intentó “arreglarlo” con “luego sí que es verdad que bailé con chicas gorditas y no sé, tienen un algo especial muchísimo mejor...”.

“No es necesaria ni tu condescendencia ni tu discriminación positiva” fue toda mi respuesta con toda la mala ostia que llevaba dentro. Y me quedé más ancha que pancha. Pero, ¿sabéis lo que me hubiera gustado hacer? Esto es lo problemático. Me hubiera encantado subirme a la mesa y ponerme a gritar a pleno pulmón:

“¡¿Lo veis todos? Yo nunca he estado equivocada. Lo llevo pensando durante toda mi vida. La sociedad, los hombres, son superficiales, toooodo el mundo se guía por el físico. Todo el mundo le pone precio a tu valor sólo por lo que aparentas. La belleza interior que atrae es una mierda!” Suerte que no lo chillé porque algún cínico iluminado me habría dicho “dinos algo que no sepamos”. Así que sí, llevo tiempo sin atracones, estoy empezando una nueva vida que no se parece ni remotamente a la que era hace años y aún así sigo con la mochila bien cargada de prejuicios que merman mi autoestima. Eso es contra lo que lucho cada día.

LA SEGUNDA está relacionada con la primera. El martes por la noche fui a bailar y en la discoteca estaba uno de los chicos profesionales que mejor baila salsa y bachata y del que a mí me habían avisado varias personas. Bueno, más que avisado me habían hecho comentarios de lo machista que era, de que sólo bailaba con tías despampanantes, que era un prepotente, un chulo, que miraba a todo el mundo por encima del hombro... ¿Y quien creéis que le fue a sacar a bailar aún teniendo toda esa información en mi poder? Quesito de Trivial para la que adivine. Respuesta: Yo. ¿Y a quién la miraron de arriba a abajo y le dijeron simplemente, “No”? Exacto. Respuesta: Yo. ¿Y por qué me la jugué? Respuesta: ..............................

Y como no hay pastel sin guinda (sigo trabajando en lo de no hacer comparaciones alimenticias, no mejoro como veis) hoy me la he vuelto a jugar. La TERCERA. Tengo 34 años de edad pero las niñas de 14 me podrían dar un par de clases magistrales de ligoteo, desde luego. Hay un chico que me gusta desde hace meses y aunque él no ha dado muestras de interés hacia mí (más que las que yo me haya podido imaginar o engrandecer) hoy le he propuesto que fuéramos al cine este fin de semana. Vamos, lo que se consideraba una cita en toda regla, en mis “tiempos mozos”. Pues el chico, más bien un hombre porque me lleva un par de años, se ha salido por peteneras con elegancia para no darme un No rotundo y ha alegado que trabajaba. O sea un No. Elegante, pero un No. Mirad mi pensamiento (y lo retorcida que soy): he barnizado mi decisión de exponerme y mostrar mi interés por alguien como la justificación para salir de mi zona de confort y un aprendizaje de la vida. Podía salir bien o mal, pero no lo sabía si no lo probaba. Y no quería llegar a los 80 años y haberme arrepentido de no haberme atrevido. Pinta bien, eh...

¡MENTIRA! Si rascamos un poco hay algo más. ¿Cuál es el punto en común de las tres situaciones? Que me han rechazado. ¿Algo que me es ajeno? No. Es un sentimiento con el que he lidiado toda mi vida, fuera real o sentido por mí sin una base real. Y yo siempre lo he llevado al terreno de lo físico y el cuerpo. Si me rechazan es porque no gusto físicamente, soy desagradable y, en consecuencia (en mi mente ilógica), no tengo valor. El primer rechazo de la semana no lo busqué, me lo encontré aunque ya estaba abonando el terreno yendo a la defensiva. ¿Pero el segundo y el tercero? Me tiré de cabeza las dos veces a la piscina y las dos veces me estampé porque no había agua.

Cuando superas un trastorno por atracón te quitan algo que te hace daño pero también algo conocido, algo que manejas, un sentimiento que no por frecuente es menos dañino pero sí es habitual, común en tu vida. A mí no sólo me han “quitado” la comida, mi aliado durante años, sino que durante los últimos tiempos me he tenido que enfrentar a situaciones desconocidas, nuevas, inquietantes, que me descolocaban y me desequilibraban. Y todo ello provocando sentimientos y sensaciones nuevas, algunas buenas y otras amargas. ¿Pero cuál es el sentimiento que yo conozco a la perfección porque he sentido cómo me quemaba la piel desde adolescente? El rechazo.

No es que lo busque conscientemente, pero cuando ocurre lo llevo al que es mi punto débil: el físico. Cada rechazo supone una lucha a posteriori en la que debo sacar a relucir mi propio valor independientemente de mi apariencia. Y eso es algo, con lo que llevo años de experiencia lidiando. Cuando un chico me rechaza, duele, pero en cierta forma consuela pensar que es por mi aspecto físico. Porque de esa forma tengo la excusa perfecta para flagelarme y castigarme por no tener la apariencia de una Barbie. Aceptar que alguien no me puede rechazar por mi físico significa entender que quizás a esa otra persona no le guste por mi carácter, mis valores o mi actitud. Y eso sería más doloroso que pensar que es por el físico. Desde luego no despierta agrado que, usualmente, esté a la defensiva esgrimiendo la ironía y el sarcasmo para que nadie llegue hasta mí y me pueda hacer daño. (Pero oye, si alguien conoce un club de fans masculino loquito por las mujeres bordes y ariscas le pasáis mi mail). ¿El problema? Que si sigo por este camino, ya sé dónde me llevará. Un paso tras otro, me conducirá a los atracones.

Así que, una vez he identificado y confesado el por qué he hecho lo que he hecho esta semana, ya no sirve ponerme una venda en los ojos. Sigo en mi zona de confort en este tema. Saldré de ella. Estoy segura. Pero esta semana toca cuidarme a mí misma y quererme, porque mi valor no lo determina la cifra que está escrita en mi talla de pantalones. Dicho queda, ahora mi trabajo día tras día desde hoy es creérmelo, sentirlo y actuar en consecuencia.

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