Texto atracones

Texto atracones

03 noviembre 2014

“Esto también pasará…”


¿Cuántas veces has pensado una de estas frases?

Empezaré a comer bien…

   - Cuando tenga una etapa tranquila, sin altibajos.
   - Cuando se solucionen los problemas del trabajo.
   - Cuando pase los exámenes que me ocasionan mucho estrés.
   - Cuando me sienta fuerte.
   - Cuando no esté decaída.
   - Cuando solucione X problema que me monopoliza ahora mismo.
   - Cuando tenga tiempo.

Bueno, déjame decirte que ese momento nunca va a llegar. O si llega, habrá otra situación que antepondrás a encarar este problema. Nunca vas a encontrar un momento que perdure en el que te sientas fuerte, confiada, sin problemas o con molestias menores que no entorpezcan tu camino. Lo siento, es así. La vida es así.

Nuestra vida está llena de altibajos, o es como una montaña rusa si lo prefieres ver de otra manera. Y eso no depende de nosotros, pero nos afecta emocionalmente porque nos identificamos con las situaciones que vivimos, como si fuéramos ellas mismas.




Cuando las cosas vienen de cara, nos sentimos fuertes, confiados, exultantes. El mundo a nuestros pies y nosotros gobernamos con seguridad y decisión. Nos creemos (¡porque así lo sentimos!) los reyes del mundo. En cuanto a la comida, seguimos unas pautas sanas y saludables apenas sin esfuerzo, creemos que no tenemos un problema o que ya lo hemos superado, que ha sido una mala etapa. Tenemos el convencimiento inconsciente de que esta etapa “alta” durará para siempre. Si sólo nos paráramos a reflexionar nos daríamos cuenta de que no es así…

Pero cuando las cosas van mal dadas, nos hundimos todavía más de lo que la situación requiere. Optamos por añadir sufrimiento extra al dolor, molestia o incomodidad que sentimos. Nos situamos en el ojo de un huracán, donde no somos capaces de pensar con claridad ni saber dónde está la tierra ni el cielo. Nos sentimos sin fuerzas, incapaces, débiles para asumir los problemas de la vida. Y la comida también está presente: aunque queremos, no somos capaces de comer bien ni 24h seguidas, eso nos hunde todavía más, creemos que somos incapaces de salir de esta situación, que nos conducirá a una vida desgraciada por siempre, que no tenemos fuerza de voluntad, que valemos menos que otras personas, que ya no hay solución.

¿Sabéis de lo que me he dado cuenta? Y esto es grave. Y es que los pensamientos de las etapas buenas son efímeros, mientras que los de las etapas malas permanecen un tiempo más de lo que deberían. En días de relativa tranquilidad, los pensamientos que suelen acudir a nuestra mente sin planearlo son producto de los sentidos los días malos. Como si fuera una mala resaca que se alarga y, aunque más atenuados, no deja que los pensamientos de los malos momentos se disipen del todo.


¿Hay algo que podamos hacer frente a esto? Sí. Varias cosas.

- Ser conscientes de que vivimos UN MOMENTO DE LA VIDA. Lo que vivimos no somos nosotros.

- FORTALECERNOS nosotros mismos (autoestima, valores, pautas alimenticias, seguridad…) para que, cada vez que ocurra algo en nuestra vida, no seamos hojas azotadas por el viento de los acontecimientos de un lado para otro sin ton ni son y perdiendo el rumbo por completo.

(Ahora, el momento friki del post: canción “Resistiré” del Dúo Dinámico, que aunque no me pilló por época, no soy tan mayor, es mi preferida y una de sus frases es lo que tendríamos que ser ante las adversidades: “soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie”)

- Dejar pasar el TIEMPO. Porque todo pasa… lo bueno y lo malo.


Éste es otro de mis cuentos preferidos de Jorge Bucay, espero que lo disfrutéis:

“Esto También Pasará”

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: - Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total...

Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada. El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:

-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje –el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas –le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación-

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía “ESTO TAMBIÉN PASARA”.

Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: -Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.

-¿Qué quieres decir? –preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

-Escucha –dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado. Entonces el anciano le dijo:

-Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.



Éste no es un post optimista. Éste no es un post pesimista. Éste es un post realista. Sé que lo entiendes racionalmente, pero cuanto antes lo asumas, antes podrás empezar a tomar las riendas de tu vida y escapar del sufrimiento que supone el trastorno por atracón.

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