Texto atracones

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19 diciembre 2014

Preparada para las comidas de Navidad


Llevo varias semanas pensando en cómo encarar el tema de las comidas y/o cenas de Navidad para resultaros de ayuda. Aunque bien es verdad que ese no ha sido el motivo de no publicar posts de forma regular. En este caso ha sido que he sufrido de “vaguitis aguda”, vamos que tenía una pereza que no podía con ella…

¡Al lío! En estas fechas Navideñas se juntan comilonas por doquier, que si cenas de empresa, que si las típicas comidas familiares, que si cenas más copiosas con amigos… Yo no sé en vuestras casas, pero en la mía, además, se “empalman” comidas. Os explico: típico día de Navidad que se repite desde que tengo uso de razón, mi madre prepara comida como para un regimiento (aperitivos y picoteo, ensalada, primer plato, segundo, fruta, postres, cafés y los “varios” que son turrones, polvorones, bombones, frutos secos, neulas, dulces, trufas, panetones y bla bla bla. Y no a escoger. ¡No, no! A comer tooooodo. ¿Y por qué se empalma? Porque desde que se sirven los cafés, estamos alrededor de la mesa o en la sala o en el sofá o yendo y viniendo por casa pero siempre comiendo y picando lo que NO se ha retirado de la mesa, que son esos “varios”. A eso súmale, que a lo largo de la tarde va llegando más familia que no ha venido a la comida principal que también traen comida, otros que se añaden, otros que se van… El día de Navidad (al contrario que otros festivos) no se cena en mi casa. ¿Por qué? ¡Porque todavía no hemos dejado de comer desde la hora de la comida!

Vaya plan, ¿eh? Y así todos los días: nochebuena, Navidad, nochevieja, San Esteban, fin de año, año nuevo, noche de reyes, reyes… Y otros días sueltos que quedábamos con familia que no podía los festivos oficiales.

¿Y con este panorama qué hacemos? Pues hasta hace unos años, yo me dejaba llevar y formaba parte activa de los días que yo llamaba “época de cebar al cerdo” o sea a mí misma: “¡Venga! Ancha es castilla, Navidad es sólo una vez al año”, “Estos chocolates no los hay todo el año”, “Mi madre lleva dos días cocinando”, “En enero me pongo a dieta, así que aprovecho ahora”, “Quiero probarlo todo, no tener que escoger”, “Para una vez que está toda la familia reunida…”, “Estoy llenísima, pero todavía tengo hambre de dulces”

Algunos de vosotros viviréis una situación similar, otros no tan exageradas y otros todavía peor. Y como yo realmente no sabría que aconsejaros, he decidido que os voy a contar todo lo que yo hago para que entre las ideas que podáis sacar de este post, más las indicaciones de vuestro psicólogo si ya estáis en tratamiento, más sentido común, más toneladas de fuerza de voluntad, estas Navidades no sean un suplicio. Y, por supuesto, también hay que disfrutar de las fiestas. Y la comida, forma parte de ellas. Pero que no sea nuestro suplicio.

Debo decir que, por suerte, las Navidades las suelo pasar en familia, así que todos los “truquitos” los he ido testando y aprobando en mi casa, no sé si en un restaurante me funcionarían, pero después de dos años a mí me funcionan y no los pienso cambiar. Algunos serán buenos, otros desaconsejados por mucha gente pero como a mí me evitan las comilonas completamente desmedidas, los atracones posteriores (sí, un sinsentido, pero así ocurría) y el sentirme mal emocionalmente, pues me sirven. ¡Allá vamos!

- Tengo un calendario en casa donde apunto todas las comidas y cenas programadas. No es sólo organización. Es que si, por ejemplo, un día me apetece comerme un croissant de merienda pues pienso “Va, si en dos días, ya te podrás comer un par de polvorones, espérate, si no te cuesta nada”. Y ese croissant lo sustituyo por una pieza de fruta.

- El mismo día de la comida o cena de navidad hago el resto de comidas normales. Nada de ayunar o saltarse comidas para compensar. Porque como llegue con hambre a la comida familiar, tengo todas las papeletas para arrasar con lo primero que haya. Que esto me pasaba mucho antes: no comía nada en todo el día y en el aperitivo ya arrasaba con todo. Llegaba el primer plato y yo ya estaba llena, o sea que forzaba el estómago, engullendo durante el resto de platos.

- Ya sea en casa de mis padres o de otros familiares siempre me suele tocar pringar, sobre todo para preparar los aperitivos. Y ahí siempre se empezaba a picar algo. Pues no. Sigo ayudando claro, pero como voy bien comida, hambre no tengo. Y, sobre todo, estoy preparándolo con un chicle en la boca. ¡Y no es una tontería! Me va quitando un poco la ansiedad, no voy picando de lo que preparo y lo típico del que tienes al lado: “toma un trocito de queso que ha sobrado del plato” o “toma una patatita”. Mi respuesta: “No, que estoy comiendo chicle, luego cojo en la mesa”. Fin de la historia.


Porque el tema de cómo te presiona la familia para que comas… ¡No veas! Eso es presión y no lo del FBI.

     - Empieza la comida. Todo el mundo en la mesa picando como posesos de todos los APERITIVOS, ¡menos aquí la menda! Me cojo un platito de postre, miro bien lo que hay, evalúo según mis pautas alimenticias y decido. Y me lo pongo todo en el platito. Escrito, queda ridículo: 2 aceitunas, 3 patatitas, 1 canapé de salón, 1 canapé de caviar, unos cuantos berberechos, 1 trocito de queso… ¡pero si me he llenado el platito! Probando absolutamente todo lo que hay pero comiendo un 80% menos que si fuera cogiendo así al tuntún. La gente preguntará qué hacéis, no lo dudéis, aquí ya depende del grado de bordería/simpatía que conduzcáis (¡pero recordad que es familia, que no empiecen las peleas antes del primer plato!):

          - “Oye, que veo que miras tanto, ¿quieres un platito también para hacer lo mismo?”

          - “Es que así me ahorro estirarme y lo tengo todo juntito”. Llámame vaga si quieres…

          - “Es que mi madre me enseñó a comer así los aperitivos”. ¡Warning! No usar si la susodicha está en la mesa, porque te dejará con el culo al aire con tu mentira.

          - “Es que así controlo mi trastorno de alimentación”. Aquí cada una que sea lo kamikaze que quiera…


     - Llegamos al PRIMER PLATO. Si cada uno se sirve, perfecto, me sirvo lo que me corresponde, tirando a menos y listo. Si me sirven, soy súper-híper-mega concreta. Nada de “ponme poco”. Más bien: “ponme sólo un trozo” o “quiero ese trocito de vegetal-animal lo que sea”, “no me pongas más salsa”… Y si es necesario y te siguen echando, le coges el plato de la mano para que pare. Vuelve el/la pesado/a de turno: “¿Por qué?”

           - “Porque me sale de los polvorones”. Espíritu navideño, modo on….

          - “De momento esto, luego si quiero repetir te pido”. Ésta funciona muy bien, porque nuuuuuunca hay que repetir pero el otro se queda satisfecho.

          - “Estoy llena, no quiero sentirme mal luego si como esto”. Ésta es la excusa de oro porque si, después de la frase, alguien te obliga a comer es que quieren que te sientas mal y no lo harán. Pero en el primer plato, no, hombre, no… ¡guardemos este comodín mejor para los momentos peligrosos!

          - “Es que quiero reservarme para el segundo”. Vaaaale, si ya están todos empinados y el que sirve no se acuerda en el segundo plato. Porque como se acuerde…. vas a pringar.


     - SEGUNDO PLATO. Aquí ya se empieza a despertar la creatividad. También os digo, entre el primer plato y el segundo yo ya he tenido movimiento para no sentirme tan llena. O me he paseado por el piso con cualquier excusa o he llevado cosas a la cocina, o he ido al baño a retocarme el maquillaje, o me he puesto a jugar con los pequeños de la familia… Cuanto más tiempo paséis en la mesa sentados delante de platos de comida, más palos en las ruedas os estáis poniendo… Hay veces que como segundo plato y hay veces que no, según si me apetece o no, si estoy llevando bien la situación, si no voy con ansiedad. Aquí dos ideas estrella:

           - Como muy poco porque “ya estoy llena, lo siento, aunque tiene una pinta estupenda” o “ya me pongo yo lo que quiero”

          - “Es que si me pones mucho, lo voy a dejar en el plato y no me gusta tirar comida”. ¡Vaya farol! Nos comeríamos todo el plato pero eso no tienen por qué saberlo.

          - “Lo siento, no me entra más, me voy a sentir mal, pero no quiero hacerte un feo, me lo llevo en un tupper”. ¡Tachán! Ésta es mi arma secreta. Ningún familiar me ha dicho nunca que no. Y menos cuando al cabo de dos días les llamo para felicitarles por lo bueno que estaba el tupper. El lema es “No es que no quiera, es que no puedo”


Algunas amigas tienen un par de excusas que usan para comidas y cenas navideñas. Una es “Estoy a dieta”. Yo no lo veo claro, porque te vas a pasar toda la velada agotándote mentalmente contra los que esgrimen los argumentos “es que es Navidad”, “es que no lo necesitas”, “es que cómo te pones a dieta en estas fechas”, “es que de verdad que no quieres esto, ni lo otro, ni lo de más allá…”.

La otra es “Es que estoy enferma, he pillado la pasa esta de virus del estómago”. Ésta es muy buena, porque no vas a comer absolutamente nada, sólo ligero. Pero claro, ni se puede usar todos los días, ni todos los años… ¡y peor! Te vas a privar de comer cosas deliciosas. Si el truco no está en no comer, sino en comer con cabeza, ¡leñe!

- Llegamos a la ZONA PELIGROSA. Fruta, postres, cafés y “varios”. Yo o tomo fruta o tomo postre pero las dos cosas no. ¿A que adivináis que no me decanto por la fruta? Café no tomo, en eso tengo suerte. Y los “varios” los gestiono exactamente igual que los aperitivos. Miro, remiro, decido, escojo y aparto. Pero ¡aquí hay truco! Los “varios” tienen que durar todas las horas que haga falta mientras el resto siga comiendo, comiendo, comiendo y comiendo… Si son 3 horas, pues tres horas.

Una opción es comerse de golpe todos los “varios” y luego ya no comer más en el resto de la tarde- noche. Yo prefiero hacérmelos durar, para que no se me dispare la ansiedad de los quiero-y-no-puedo. De lo que me he apartado, a las 17h de la tarde me como un bombón de los que he apartado, a las 18h tres o cuatro pistachos, a las 19h un polvorón. Y he comido de todo como los demás, sólo que no en cantidades industriales.


Y después de las comilonas, por favor, ¡movimiento! Os juro que va genial. Salir a pasear, ayudar a fregar los platos si hace falta, jugar con los pequeños de la casa, sacar al perro (no tengo perro, pero me vendría de perlas en esos momentos), ir al cine incluso… Si es fin de año está claro, a bailar después de cenar.

Es cierto que soy muy estricta con la comida en Navidades y seguramente he contestado mal muchas veces en estas situaciones, pero ¿sabéis qué? No me importa. Yo he disfrutado de las Navidades con la gente que he quedado, he disfrutado de risas, historias, conversaciones… y en nada de eso hay comida. Así que, ¿qué necesidad tengo de sentirme mal físicamente y emocionalmente después de uno de estos maratones alimenticios? Pero es que, además, he disfrutado y disfruto de las comidas navideñas. Incluso ahora puede que disfrute más y todo…

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